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Se demuestra, por primera vez, que la privación de sueño aumenta la reactividad emocional

 
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María Corsi Cabrera señaló que al evitar la activación del sistema límbico durante el sueño, se incrementa la actividad cerebral en dos áreas: la corteza prefrontal izquierda y la región occipital.
María Corsi Cabrera señaló que al evitar la activación del sistema límbico durante el sueño, se incrementa la actividad cerebral en dos áreas: la corteza prefrontal izquierda y la región occipital.

14 de abril de 2011

• Esto se debe a que en la etapa de Movimientos Oculares Rápidos (MOR) se reprocesa información relacionada con las emociones, explicó María Corsi Cabrera, de la Facultad de Psicología de la UNAM

En la primera vez que se estudia el efecto de la privación de sueño de Movimientos Oculares Rápidos (MOR) en la modulación emocional de los seres humanos, se llegó a una conclusión: la reactividad a estímulos emocionales se incrementa en ausencia de dicha etapa, explicó María Corsi Cabrera, especialista de la Facultad de Psicología de la UNAM, entidad donde se realizó esta investigación precursora.

Se conoce que durante esta fase —que tiene lugar varias veces durante el sueño y que usualmente ocupa la cuarta parte del tiempo que duerme una persona—, la actividad cerebral se vuelve rápida, el tono muscular disminuye, comienzan los movimientos oculares y se reprocesa la información emocional, pero ¿qué pasa si no se llega a este estadio?

Para llevar a cabo esta investigación, se tomó a un grupo de 19 individuos para someterlos a un proceso de privación selectiva —es decir, se les permitió llegar a todas las etapas del sueño, menos a la MOR—, con la finalidad de determinar los efectos de esta carencia en la reactividad emocional, reacción crucial a la hora de establecer relaciones interpersonales, laborales y cotidianas, explicó.

Trabajo en equipo

El proyecto, realizado en conjunto con la Universidad McGill de Montreal, Canadá, consistió en hacer que un grupo de 19 voluntarios durmiera cuatro noches en un laboratorio, mientras que por las tardes, se les pidió que realizaran una tarea específica dentro de un resonador, con la finalidad de analizar su actividad cerebral antes y después de la privación del sueño MOR.

“Los sujetos pernoctaron cuatro días en el sitio de estudio. La primera velada era para que se adaptaran a las condiciones de registro (electrodos, cama y ambiente); la segunda, fue tomada como línea base para que lograran un sueño habitual; en la tercera, fueron privados de la fase MOR, y la cuarta, fue para que se recuperaran”.

Como contraparte, se creó un grupo control con individuos que eran despertados el mismo número de veces que los del otro grupo, pero nunca en la fase MOR, aclaró.

La prueba a realizar durante las tardes consistía en ver imágenes dentro de un dispositivo de resonancia magnética funcional, o resonador, que mide la actividad metabólica cerebral.

“Las fotografías iban desde un hombre que apunta al observador con una pistola, hasta un bebé. Dentro del aparato, los individuos tenían dos botones, uno para disparar si se sentían amenazados por lo que veían, y otro que oprimían si no percibían peligro. Esta actividad se realizaba entre las 17 y las 19 horas, antes de ir a la cama”.

Poco después, al dormir en el laboratorio, si en la polisomnografía de los voluntarios había indicios de fase MOR, eran despertados y se les mantenía así durante dos minutos, para evitar que regresaran a esta etapa del sueño.

Resultados

La segunda vez que los sujetos de control realizaron la tarea, tras las interrupciones de sueño, mantuvieron el mismo nivel de reactividad. Su respuesta era estable y la activación cerebral al tomar una decisión, disminuyó.

Sin embargo, en los sujetos privados de sueño MOR aumentó significativamente el número de disparos y también la activación cerebral, tanto al comparar estos datos con los de su sesión anterior, como al cotejarlos con los del grupo de control.

Lo que indican los resultados, destacó, es que la reactividad a estímulos emocionales aumenta si una persona no ha tenido el sueño MOR necesario durante una noche; además, la actividad cerebral metabólica se incrementa. Sin embargo, se desconoce qué pasaría si esta situación se prolonga.

“Estos resultados son consistentes con estudios realizados en los años 70 con animales. En ratas se demostró que si se les privaba de esa misma etapa de sueño, eran más agresivas y atacaban a sus compañeras, pero hasta ahora no se había hecho nada similar con humanos”.

La especialista detalló que durante el sueño MOR, el cerebro experimenta una gran activación de origen endógeno, es decir, no provocada por estímulos. Además, se activan áreas del sistema límbico (parte involucrada con la emoción).

Al respecto, Corsi Cabrera señaló que las experiencias recogidas sugieren que, durante el sueño MOR, hay un reprocesamiento de la información emocional, pues si se priva a un individuo de esta etapa, al día siguiente se incrementa su reactividad y el cerebro requiere igual o mayor nivel de activación que la primera vez, como si nunca hubiera hecho la tarea asignada previamente.

Además, esto indica que evitar que el sistema límbico se active durante el sueño MOR incrementa la activación cerebral en dos áreas en particular.

Una es la corteza prefrontal izquierda, relacionada con las funciones ejecutivas, toma de decisiones y evaluación de la pertinencia de las respuestas. Por ello, si las personas privadas de sueño MOR realizan la tarea por segunda vez, activan esa área.

La otra es la región occipital, que participa en el análisis visual de las imágenes y que trabajó más en los sujetos estudiados que en los del grupo de control.

“Por un lado, aumenta la reactividad conductual ante un estímulo de amenaza y, simultáneamente, se registra una mayor activación en las áreas cerebrales que participan en la toma de decisiones y en las áreas visuales. Esto sugiere un incremento en la excitabilidad cerebral y la necesidad de mayor activación para ejecutar la tarea”.

Para concluir, Corsi Cabrera recalcó que durante el sueño MOR hay un reprocesamiento de la información que, si es inhibido, provoca que al día siguiente el cerebro reaccione como si fuera la primera vez que realiza una tarea conocida, es decir, incrementa su reactividad ante estímulos emocionales.

Créditos: UNAM-DGCS-218/2011/unam.mx

Vertebrados e invertebrados, todos compartimos el mismo sueño

 
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Los acociles tienen un proceso de sueño muy parecido al de los humanos.
Los acociles tienen un proceso de sueño muy parecido al de los humanos.

• Fidel Ramón Romero y sus colaboradores comprobaron que los invertebrados duermen, lo que rompe con la teoría de que el sueño es exclusivo de animales con cerebro complejo

• Después de comprobar que los acociles caen en estado de somnolencia, los académicos de la Facultad de Medicina de la UNAM realizan los mismos estudios con hormigas

“Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, o al menos eso dice el refrán, ¿pero en realidad duermen los camarones? Todo parece indicar que sí, señaló Fidel Ramón Romero, investigador de la Facultad de Medicina (FM) de la UNAM, quien añadió que a diferencia de lo que se pensaba hasta hace pocos años, “el sueño está presente en todos los animales con sistema nervioso”.

Después de demostrar en 2004 que los acociles caían en un estado de somnolencia profunda, con lo que Ramón Romero desmintió la creencia (aceptada por todos los científicos hasta hace apenas seis años) de que el sueño era exclusivo de animales con cerebros complejos, el profesor ha comenzado a experimentar con organismos más sencillos, como las hormigas y, próximamente, lo hará con gusanos.

“Decidimos enfocarnos en las hormigas porque si queremos explicar cómo funciona el sueño, tenemos dos opciones: una es tomar un cerebro y buscar qué mecanismos operan, y la otra, seguir un método filogenético, como hacemos nosotros, y buscar animales cada vez más simples, para determinar qué actividades cerebrales también están presentes en seres más complejos”, explicó el especialista.

Hasta el momento, los investigadores no sólo han descubierto que los invertebrados duermen, sino que tienen una región en el cerebro que genera actividad eléctrica y conduce al sueño, y han intentado eliminarla para ver si duermen o permanece en vigilia.

“Ahora lo que buscamos es una zona que haga que el animal se mantenga despierto o dormido, pues podríamos usarla para determinar por qué esa región se activa o inactiva y conduce al sueño. Tenemos hipótesis, pero aún no hemos llegado a ninguna conclusión”, dijo.

La clave del sueño podría estar en un gusano

Acociles, hormigas, ¿qué sigue para el profesor Ramón? “Fácil, como ya dije, nosotros seguimos un método filogenético, y nuestro siguiente objetivo es estudiar al animal más simple, pero con cerebro, es decir, un gusano, aunque es muy difícil”.

Para realizar su experimento, necesita un organismo con características especiales, resistente y lo suficientemente grande como para soportar el peso de los electrodos que medirán su actividad cerebral, y tras evaluar sus opciones, todas se redujeron a una: un parásito conocido como Ascaris.

El Ascaris lumbricoides infecta a los humanos y el Ascaris suum a los cerdos, pero ambos tienen la misma apariencia: son gusanos muy resistentes, de color blanquecino o rosado, que pueden alcanzar hasta los 35 centímetros de longitud y representan un serio problema de salud.

“El inconveniente es que conseguir uno en buenas condiciones resulta casi imposible. Hemos ido a hospitales, pero cuando éstos son extraídos de las personas, ya están tan afectados por las medicinas y no sirven”.

Mientras tanto, el investigador continúa experimentando con hormigas, pero ya diseña el plan de trabajo que seguirá cuando consiga gusanos, que podrían ser los que den la respuesta a por qué soñamos; resolver esa incógnita es “el gran sueño” de Ramón Romero.

Rompiendo paradigmas

Todavía en 2004, se daba por hecho que sólo las criaturas con cerebros complejos, como los mamíferos, aves y reptiles, podían dormir, hasta que Ramón Romero comenzó a sospechar que esto no era cierto, cuando observó un acuario lleno de acociles, primos cercanos del camarón.

De pronto vio que uno de ellos, súbitamente, se apartó de los demás para ir a un lugar cómodo y seguro, se recostó y se quedó inmóvil… Tras pensarlo un rato, llegó a una conclusión asombrosa: “¡Aquel crustáceo estaba tomando una siesta!”.

“Lo que hicimos fue tomar unos electrodos para medir la actividad cerebral en reposo y hallamos que, sin lugar a dudas, las ondas cerebrales registradas correspondían a las del sueño”, recordó.

Para realizar este hallazgo, más que perspicacia, lo único que se necesitaba era ser observador, “porque la conducta de estos animales no es muy diferente a la nuestra; cuando dormimos buscamos un lugar conocido, nos acostamos, nos relajamos y cerramos los ojos. Un acocil busca un sitio seguro, como la esquina del acuario, se queda quieto, se recuesta y baja su tono muscular; entonces, ¿por qué no habría de suponer que estos crustáceos duermen al igual que nosotros?”.

Sin embargo, aunque estos patrones de conducta suenen sorprendentes, el asombro llegó a la hora de hacer las mediciones, pues mediante el uso de electrodos, Ramón Romero y su colaborador, Jesús Hernández Falcón, comprobaron que el comportamiento eléctrico del cerebro del animal genera una serie de señales parecidas a las que produce el humano cuando duerme.

“Esto fue lo más notable, detectar este tipo de ondas, algo que no esperábamos de un invertebrado, con un cerebro sumamente simple”, acotó.

El descubrimiento se tradujo en un artículo, que cuando se publicó en formato electrónico, rápidamente llamó la atención de la comunidad científica y replanteó todo lo que se sabía del sueño en animales.

“Al principio, las dos revistas científicas más importantes (Nature y Science) rechazaron el texto, pero cuando en un tercer intento salió en la Proceedings of the National Academy of Sciences, ambas publicaciones retomaron el material y así el hallazgo se dio a conocer rápidamente alrededor del mundo”.

En aquel verano de 2004, titulares como “Los acociles toman una siesta”, “Los langostinos también duermen” o “Sueños de onda lenta en los crustáceos”, acapararon las portadas de diversas revistas especializadas, aunque la verdadera noticia era que un grupo de mexicanos había descubierto lo que pocos sospechaban: que el sueño no era exclusivo de animales con cerebros complejos.

Dormir, ¿un error evolutivo?

“Sabemos cómo dormimos, lo que nadie ha podido responder es ¿para qué dormimos?”, comentó el presidente de la Academia de Ciencias de América Latina, quien agregó, “si lo pensamos un poco, evolutivamente resulta una conducta difícil de justificar, porque cuando lo hacemos no sólo bajamos nuestros niveles de alerta, sino que al quedarnos inermes e indefensos, nos ponemos a merced de cualquier depredador, entonces, ¿qué sentido tiene?”.

La pregunta que podríamos hacernos es, ¿sería mejor no dormir? “¡Por supuesto que no! —respondió—. Aunque desconocemos muchas cosas sobre el asunto, lo que sí se sabe es que no hacerlo conduce a la muerte tan rápido, que animales privados del sueño, a los tres días presentan alteraciones mentales, serias dificultades para moverse y, una semana después, fallecen”.

Dormir puede ser un asunto de supervivencia o muerte, por eso Calderón de la Barca preguntaba en su obra de teatro más famosa “¿qué es la vida?, sólo un sueño”, frase con la que coincide Ramón Romero, quien ha dedicado gran parte de su carrera a estudiar este tema y a investigar con animales.

“De hecho, aunque soy médico cirujano de profesión, desde el principio me dediqué a estudiar la fauna, porque ésta nos da muchas pistas —a veces insospechadas— sobre diversos temas; por ejemplo, es fácil darnos cuenta que nuestras mascotas duermen, pero constatar que los acociles también lo hacen, significó un cambio de paradigmas, pues nos permite suponer que todos los animales con cerebro lo hacen”.

Tras la publicación del artículo de Ramón Romero y sus colaboradores (Jesús Hernández Falcón, Karina Mendoza Ángeles y Germán López Riquelme), especialistas de todo el mundo han realizado experimentos con invertebrados, como las moscas de la fruta, pero ahora el equipo del universitario realiza estudios con un insecto aún más sencillo: la hormiga, y próximamente lo hará con gusanos.

Dormir, descansar y soñar no es lo mismo

Hay un dicho que dice “el sueño es el cerebro trabajando por el cerebro y para el cerebro”, y a decir de Ramón Romero, “pocas frases resumen mejor el asunto”.

Para el académico queda claro que una cosa es descansar y otra dormir; no importa cuánto se repose, si no entramos en un estado de somnolencia profunda, hay actividades cerebrales que no funcionan bien.

“El descanso es para los músculos, pero dormir es para el cerebro; por ejemplo, un corredor de maratón podría correr intensamente por dos horas y fracción, y al dormir necesitará las mismas ocho horas de sueño que alguien que no hizo nada en todo el día. Dormir no es para descansar, porque mientras uno lo hace, el cerebro está trabajando, aunque no con las mismas zonas que usa durante la vigilia”, expuso el profesor.

En todos los animales en los que se ha estudiado este fenómeno, no importa si se trata de mamíferos, aves, reptiles o invertebrados, el sueño es muy parecido al de los humanos, de hecho tanto, que se ha comprobado que las hormonas y los compuestos que se liberan en el cerebro son los mismos.

“Incluso se sabe que animales que nos son muy cercanos como los perros, gatos o caballos, pueden soñar, ya que los recuerdos que han almacenado en la memoria terminan formando parte de sus procesos oníricos”.

Una vieja parábola china dice que un día Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar, ignoraba si era Tzu el que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu, lo que plantea la pregunta de si los insectos pueden soñar.

“No lo sé, y ni siquiera imagino la manera de averiguarlo, pero qué no daría yo por saber, aunque fuera por un instante, qué es lo que pasa en la cabeza de esos bichos cuando duermen”, concluyó Ramón Romero.

Créditos: Boletín UNAM-DGCS-173 – dgcs.unam.mx