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LA SALUD DE LA GRAN PIRÁMIDE DE CHOLULA, EN ESTADO DELICADO

 
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piramidecholula30 de junio de 2014

La Gran Pirámide de Cholula, Puebla, que parece un cerro y en cuya cúspide se erige el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, presenta un “estado de salud delicado”.

El Tlachihualtépetl, palabra náhuatl que significa ‘cerro hecho a mano’, fue edificado por los cholultecos entre los años 30 y 450 y es una de las obras de este tipo más grandes en el mundo. Aunque ha sido objeto de estudios arqueológicos, sobre todo por sus pinturas murales, el material y sistema de construcción que la hicieron posible no han sido del todo entendidos.

Nora Pérez, ingeniera química, bajo tutela de Lauro Bucio, del Instituto de Física (IF) de la UNAM, y Enrique Lima y Enrique Soto, del Instituto de Investigaciones en Materiales (IIM), busca generar conocimiento que ayude a la conservación del patrimonio cultural de México.

Producto de este esfuerzo es la tesis de doctorado en el Programa de Ciencia e Ingeniería de Materiales, titulada Efecto de la composición y microestructura en las propiedades de los adobes prehispánicos. Caso de estudio: sitio arqueológico de Cholula, Puebla.

Con la colaboración de Carlos Cedillo, arqueólogo, y Dulce María Grimaldi, restauradora, ambos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Pérez analiza la composición de los materiales con que está hecha la Gran Pirámide “para saber qué intervenciones aplicar”.

El Tlachihualtépetl se edificó con un sistema de construcción de tierra conocido como adobe (bloques colocados como una pared). A diferencia de los ladrillos, éstos no están cocidos ni contienen paja, “pero sí piedras redondas, restos de cerámica y pedazos de obsidiana”.

Al analizar la arquitectura de tierra de la Gran Pirámide, la joven ha ahondado sobre la composición y microestructura de estas piezas. La prospectiva general, vía microscopía óptica, muestra que, “al ser comparados con los suelos frescos de la región, los adobes tienen los mismos tipos de agregados, pero de diferente tamaño”.

Además, el análisis de petrografía indica que contienen los mismos minerales; sin embargo, sus cristales son de distintos tamaños, lo que indica que en su elaboración hay “una selección del material”.

La difracción de rayos X, junto con la petrografía, señala que la composición de los minerales es “común a materiales volcánicos”, porque los estratos de Cholula son depósitos de flujos del Popocatépetl.

En las muestras analizadas se han encontrado feldespatos cuarzo, anfíbol y piroxeno. También hay presencia de ópalo, “una fase semicristalina. De todos los minerales, ninguno es arcilla”, dijo.

Con microscopía electrónica de barrido encontró que tanto el adobe como el suelo prehispánico contienen estructuras tubulares que la tesista del IF ha identificado como “tierra de diatomeas”. Son restos esqueléticos de microorganismos de zonas lacustres o de mar de épocas geológicas, porque la región de Cholula estaba cubierta de agua hace millones de años, expuso.

Con resonancia magnética nuclear, Pérez analiza los núcleos de cada elemento. En este caso identificó silicio y aluminio —que se encuentran en la mayoría de las fases— mediante petrografía y difracción de rayos X.

Además, por resonancia magnética nuclear observó que entre los componentes del suelo hay materiales amorfos como el alófano, presente en suelos volcánicos, “pero todavía no tiene edad suficiente para cristalizar”. La presencia del mineral se corroboró con pruebas térmicas.

El alófano, aseguró, “brinda al suelo propiedades especiales cohesivas y para construcción”. Esas características se han reportado de suelos de Hawái y Nueva Zelanda, que son volcánicos.

Para entender mejor la conformación de los adobes se midió el color. Con ese fin se seleccionaron 13 de diferente tonalidad y textura, encontrados por arqueólogos del INAH en suelo prehispánico de Cholula.

Por colorimetría, observó que se ven diferentes porque tienen distintas granulometrías. Aunque los cholultecos usan el mismo material, se busca determinar si seleccionaban estratos con distintas granulometrías para fabricar las variedades o si lo modificaban “como hacemos ahora con los tamices”.

Actualmente, Pérez separa y estudia los adobes para saber qué minerales componen las distintas fases que le dan sus propiedades cohesivas, a fin de identificar cuál está dañado y así proponer métodos de conservación.

Una vez determinadas las proporciones aproximadas en las que construyeron se inducirá un deterioro hídrico para saber qué parte se degrada primero.

La universitaria considera que al término de su proyecto habrá una idea más clara sobre este proceso. Sin embargo, como la Gran Pirámide está dentro de un sistema dinámico donde entra agua y las raíces de distinto tipo de flora crecen encima, debe darse una intervención multidisciplinaria para asegurar su conservación.

En este proyecto deben participar geólogos, arquitectos, ingenieros, arqueólogos, restauradores y “nosotros, los científicos, para plantear una estrategia óptima”, concluyó.

Créditos: UNAM-DGCS-374-2014