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Dismorfia muscular: a disgusto con el propio cuerpo

 
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Este trastorno fue descrito en 1993 por investigadores de la Universidad de Harvard; sus víctimas adoptan como centro de sus vidas el gimnasio y una dieta meticulosa.
Este trastorno fue descrito en 1993 por investigadores de la Universidad de Harvard; sus víctimas adoptan como centro de sus vidas el gimnasio y una dieta meticulosa.

2 de octubre de 2011
• Este trastorno fue descrito en 1993 por investigadores de la Universidad de Harvard; sus víctimas adoptan como centro de sus vidas el gimnasio y una dieta meticulosa

En años recientes, se ha observado en hombres y mujeres jóvenes una excesiva preocupación por obtener o mantener una figura delgada y/o musculosa. Esta obsesión por el cuerpo ha hecho que surjan infinidad de gimnasios en prácticamente todas las ciudades importantes del país, pero también, que diversos investigadores estudien este fenómeno.

En 1993, un equipo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, integrado por Pope, Katz y Hudson, describió –en una muestra de 108 varones (jóvenes y adultos) que practicaban la halterofilia– sentimientos de ineptitud o incompetencia, así como la sensación de carecer de atractivo físico y de fracasar constantemente. En un principio, el grupo bautizó este trastorno con el nombre de complejo de Adonis y, posteriormente, con el de vigorexia.

“En un artículo publicado a finales de 1997 en la revista Psychosomatics, el mismo equipo propuso los criterios para diagnosticar esa alteración, a la que luego denominó trastorno dismórfico corporal, como se le conoce actualmente”, explicó Rosalía Vázquez Arévalo, investigadora de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala, de la UNAM.

A diferencia de los sujetos con trastorno dismórfico corporal, que suelen estar preocupados por una parte específica de su cuerpo (ojos, nariz, boca y piel, entre otras), las personas con dismorfia muscular tienen una inquietud patológica por su cuerpo en general, y por la musculatura, en particular. “Están obsesionadas por lucir grandes y musculosas, por eso no salen del gimnasio”, afirmó.

Los varones, más afectados

Aún no hay estudios concluyentes ni información epidemiológica o clínica que permita ubicar la dismorfia muscular en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10), o en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-IV), pero se conoce que afecta más a los hombres que a las mujeres.

Las consecuencias incluyen angustia crónica, deterioro de las relaciones sociales y de la actividad profesional, y abuso de esteroides anabólicos.

Proyecto de investigación

Aunque no se cuenta con información sólida y veraz, hay indicios que la dismorfia muscular y el consumo de esteroides anabólicos se han incrementado en el país, en especial en los estados del norte, por la influencia estadounidense.

En 2009, Vázquez Arévalo y sus colaboradores empezaron un proyecto de investigación, con el objetivo de evaluar la imagen corporal y la insatisfacción al respecto en hombres con diferentes niveles de ejercicio físico y distintos índices de masa corporal (fue la tesis de licenciatura de Araceli Otero).

“Queríamos saber qué tanto se sentían a gusto con su cuerpo, cómo percibían su imagen, o bien, qué tanto se sentían insatisfechos y cuáles eran sus conductas dirigidas a modificarlo”, explicó.

Se formaron cuatro grupos: de usuarios de gimnasios (40), de obesos (23), de personas con peso normal que hacían ejercicio (36) y de personas con peso normal que no lo hacían (36).

De los primeros, el 60 por ciento admitió consumir suplementos alimentarios, y sólo dos por ciento haber ingerido alguna vez esteroides anabólicos. En los cuatro grupos hubo insatisfacción corporal, pero en el de los obesos el porcentaje fue más alto: 17 por ciento.

“Lo que no resultó lógico fue que 11 por ciento de los individuos con peso normal que no hacían ejercicio, experimentaron insatisfacción. Ahora bien, la interiorización del modelo típico de musculatura lo encontramos en todos los segmentos. No obstante, el riesgo de dismorfia muscular fue mayor en los usuarios de gimnasios; éstos presentan más dependencia al ejercicio y al perfeccionismo, y son más influenciables por la publicidad relacionada con un cuerpo musculoso”, señaló Vázquez Arévalo.

Alimentación

Con relación a la comida, los usuarios de gimnasios tenían la dieta más estricta. “Si hay insatisfacción corporal, la alimentación de hombres y mujeres es muy diferente. Ellas ayunan y los varones se abstienen de consumir, sobre todo, tortillas, pan y grasas, pero no dejan de comer. Si vemos ayunar a un hombre, estamos frente a un problema muy serio”, indicó.

En los trastornos alimenticios, ellos presentan más bulimia que anorexia, es decir, consumen grandes cantidades, pero tienen conductas compensatorias. No recurren tanto al vómito como al ejercicio físico, y aunque algunos lo hacen, no lo reconocen porque creen que es un problema de mujeres.

Únicamente 20 por ciento de los usuarios de gimnasios aceptaron ser entrevistados mientras hacían sus rutinas. Fue entonces cuando Vázquez Arévalo y sus colaboradores se enteraron de que, en muchos casos, el entrenador era quien les surtía de esteroides anabólicos.

Al contrario de lo que ocurre hoy en día en Estados Unidos, esas sustancias se venden en México como suplementos alimenticios, pues no hay una legislación que los prohíba.

“Como cualquier trastorno, la dismorfia muscular es un proceso. Unas veces observamos a quienes la padecen si están obsesionados por el ejercicio, y otras, si ya consumen esteroides anabólicos.

Esteroides anabólicos

Con el uso de estos últimos, los músculos empiezan a crecer, entre ellos el corazón que, en consecuencia, bombea más sangre. El problema es que las arterias no son músculos y, por ende, no crecen; entonces, puede sobrevenir la muerte súbita a consecuencia de un infarto al miocardio.

Las mamas también se desarrollan, pero de manera asimétrica; por su parte, los testículos disminuyen de tamaño y la producción de esperma baja, con la consecuente incapacidad para fecundar; asimismo, hay problemas de hígado, que pueden terminar en cáncer.

“Los consumidores de estos productos están conscientes de los riesgos, pero aún así siguen con su uso; por eso se dice que padecen un trastorno”, concluyó Vázquez Arévalo.

Créditos: unam.mx/boletin/580/2011