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Pruebas de estrés en ratones ayudan a entender el cerebro humano

 
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Las similitudes entre el cerebro humano y el de los ratones permite extrapolar sus resultados de manera exitosa.
Las similitudes entre el cerebro humano y el de los ratones permite extrapolar sus resultados de manera exitosa.

17 de Agosto dde 2012

Dado que es imposible acceder al cerebro humano de manera directa, investigadores del Departamento de Psicología de la UN trabajan con ratones para determinar la relación entre la emoción y la memoria.

Los investigadores someten a situaciones de estrés a ratones mediante inyecciones de corticosterona, y extrapolan los resultados para entender el funcionamiento del cerebro humano en estas situaciones.

Existen grandes semejanzas entre el cerebro humano y el de otros mamíferos. Por esta razón, es posible utilizar modelos animales para intervenir y evaluar su funcionamiento y extrapolarlo en humanos.

“Todos los animales aprendemos, y el cerebro constantemente se modifica en virtud de su experiencia. En el modelo animal evidenciamos estos cambios cuando estudiamos el cerebro”, asegura Marisol Lamprea, doctora en Psicología de la UN.

Los estudios han demostrado que las situaciones con alto contenido emocional se almacenan mejor en la memoria. Por tanto, el estrés tiene un papel fundamental para la comprensión de su funcionamiento frente a demandas ambientales que incrementan la posibilidad de aparición de enfermedades.

Cuando aumenta la cantidad de adrenalina circulante, los niveles de corticosterona y los corticoides circulantes activan el ritmo cardiaco, el organismo se desgasta por causa del estrés y pueden desencadenarse enfermedades.

Por otra parte, la especialista asegura que existen algunas conductas que se ejecutan mejor bajo presión, porque se incrementa la capacidad de recordar. De modo que al exponer a los ratones a estrés o a las hormonas liberadas durante ese momento, mejoran las tareas que hacen.

Explorar el cerebro animal

“Los animales tienen que aprender tareas y yo los expongo a estrés a través de una situación conductual en la que se restringe su movimiento. Evaluamos su sangre y comprobamos altos niveles de corticosterona (el equivalente al cortisol en los seres humanos)”, afirma Lamprea.

Los científicos inyectan esta sustancia a los ratones en dosis similares a las liberadas por el animal en situaciones de estrés, y comparan el funcionamiento de sus cerebros con el de animales que no han sido sometidos al mismo tratamiento.

“Hemos concluido que, dependiendo del momento en el cual se estresa al animal, se tendrá un efecto positivo o negativo en el recuerdo de la tarea. De esta manera, entendemos qué pasa y por qué la corticosterona incide en la memoria de ese animal”, asegura.

Finalmente, las estrechas relaciones de los efectos en este tipo de situaciones en animales y humanos sirven para estudiar los cambios comportamentales y funcionales que presentan las personas cuando padecen enfermedades neurológicas como el párkinson o el alzhéimer.

Asimismo, el estudio permite valorar el deterioro del cerebro humano, a partir de las modificaciones disfuncionales de la conducta, al evaluar los cambios y correlacionarlos en pacientes con enfermedades avanzadas de este tipo.

Créditos: agenciadenoticias.unal.edu.co

La tristeza, un sentimiento útil, pero desacreditado

 
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Benjamín Domínguez Trejo expuso que con frecuencia los especialistas suelen diagnosticar depresión cuando en realidad se trata de tristeza.
Benjamín Domínguez Trejo expuso que con frecuencia los especialistas suelen diagnosticar depresión cuando en realidad se trata de tristeza.

10 de febrero de 2011

• Se trata de una emoción que nos permite hacer balances y tomar decisiones importantes, algo que difícilmente logran las personas felices, expuso Benjamín Domínguez Trejo, de la Facultad de Psicología de la UNAM

“En una sociedad que nos dice que la felicidad es el máximo bien a alcanzar, no extraña que la tristeza haya sido uno de los sentimientos más desacreditados, pese a que se trata de una de las emociones más útiles que existen”, sostuvo el profesor Benjamín Domínguez Trejo, de la Facultad de Psicología de la UNAM.

“Si estamos tristes nos encontramos en condiciones óptimas para realizar balances, de evaluar qué hemos hecho bien y en qué hemos fallado, algo que, por un lado, hacen los individuos mejor adaptados, y por el otro, resulta casi imposible para las personas felices”, añadió.

Ya en 1873, en su libro La comunicación de las emociones en los animales y en el hombre, Darwin advertía que los sentimientos juegan un papel importante en la evolución, “y si han sobrevivido a los avatares evolutivos, quizá ofrezcan una ventaja de supervivencia”, suele decir el psicólogo Joe Forgas, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, al señalar la necesidad de ahondar en el tema.

“De hecho, la felicidad no siempre es una buena señal”, expuso Domínguez Trejo, quien trabaja con enfermos con cáncer terminal en la Clínica del Dolor del Hospital 20 de Noviembre. “Si uno de ellos no manifiesta tristeza, tenemos un indicador adverso. Mientras más tristes se encuentren, es más fácil que acepten ayuda psicológica y médica, pues se trata de una condición emocional en la que el individuo busca cambiar el estado de las cosas”, añadió.

Al respecto, Domínguez Trejo comentó que la negativa a recibir ayuda por parte de pacientes terminales satisfechos con su condición es más frecuente de lo que se pensaría, “y en esos casos, la tristeza nos resultaría útil, porque al estar ligada a la insatisfacción, el individuo promovería cambios e intuiría mejores escenarios que el actual”.

El engaño de creer que todo está bien

“La tristeza funciona como el dolor que produce una piedra en el zapato, nos avisa de algo que está mal; si ignoramos esa alerta y no hacemos nada al respecto, el pie puede lastimarse, herirse y conducir a una situación incapacitante”, indicó el profesor Domínguez.

A esto se le llama hacer balances, a evaluar la situación actual y tomar medidas para mejorarla, algo que no hace una persona feliz. “Es parecido a lo que pasa con alguien que consume drogas sintéticas; se le puede explicar que eso daña su cuerpo y su psique, pero por estar en un estado de euforia artificial puede llegar a pensar, ¿por qué he de estar mal si esto se siente tan bien?”.

La tristeza puede ser benéfica, el problema es que se encuentra satanizada por esta sociedad capitalista que privilegia los aspectos materiales y luego nos vende la idea de que eso es la felicidad, argumentó el académico.

“De hecho, cada vez nos dan menos oportunidad de estar tristes, y si eso ocurre, inmediatamente nos dicen que es depresión. Cada vez es más frecuente que madres, al ver a sus hijos con ánimos bajos, los envíen con un especialista para que éste les prescriba un fármaco”.

Los psiquiatras Allan Horowitz y Jerome Wakefield, tras analizar datos de la Organización Mundial de la Salud que señalan que el índice de personas deprimidas se ha incrementado tanto, que para el año 2020, la depresión será la segunda causa de incapacidad laboral en el mundo, realizaron una serie de investigaciones que compilaron en el libro de 2007, La pérdida de la tristeza. Cómo la psiquiatría transformó la pesadumbre en desorden depresivo.

Los profesores estadounidenses argumentan que el número cada vez más abultado de pacientes con depresión responden a un diagnóstico deficiente de la medicina moderna, que confunde los síntomas de la tristeza normal con los de un desorden mental que debe ser tratado con fármacos.

“La psiquiatría contemporánea ha, inadvertidamente, caracterizado el sufrimiento normal como si fuera una enfermedad”, señalan ambos en su libro.

Entonces, ¿qué diferencia hay entre tristeza y depresión? La respuesta quizá la tenga el biólogo Lewis Wolpert, quien en su libro de 1999, La tristeza maligna, señala: “La depresión es lo que pasa cuando los sentimientos normales de tristeza se vuelven patológicos, de la misma manera que el cáncer aparece cuando el proceso normal de crecimiento de nuestras células se descontrola”.

“Por ello, aunque es deseable darle espacio a la tristeza, hay que estar atentos de no cruzar el límite en que lo adaptativo se vuelve desadaptativo, porque eso sí representa un problema”, concluyó el profesor Domínguez.

Créditos: UNAM-DGCS-0083-2011/unam.mx