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El “agua dulce” no es tal, sino de escaso contenido mineral

 
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Gloria Vilaclara Fatjó, del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología (ICML) de la UNAM.
Gloria Vilaclara Fatjó, del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología (ICML) de la UNAM.

6 de abril de 2011

• El líquido del que dependemos para vivir no tiene azúcar, y es destilado por el ciclo hidrológico, que retira sales al agua marina, explicó Gloria Vilaclara Fatjó, del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM
• Mientras el agua salada tiene una composición muy homogénea, la otra posee notables variantes en su composición química, que se ven alteradas por la contaminación humana

El “agua dulce”, de la que dependemos los humanos para vivir, no es tal, sino de escaso contenido mineral, explicó la investigadora Gloria Vilaclara Fatjó, del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología (ICML) de la UNAM.

No contiene azúcar, sino una combinación distinta y mucho más heterogénea que la salada, precisó la especialista, quien aclaró que la llamada en inglés freshwater (agua fresca) se conoce en español como dulce.

Porcentaje mínimo

La Tierra debería llamarse agua, pues tres cuartas partes del planeta están cubiertos por ella,con una preponderancia en el hemisferio sur, detalló en la conferencia Las aguas dulces… ¿son tan dulces?, ofrecida en el ICML.

El globo terráqueo se divide en cuatro grandes grupos: atmósfera, biósfera, geósfera e hidrósfera. En esta última, se concentran un millón 350 mil kilómetros cuadrados de agua.

De este enorme volumen, el 97.5 por ciento se encuentra en los océanos y es agua salada.

“Más o menos un tres por ciento está en otro tipo que puede ser salada también. La que consumimos proviene de un volumen sumamente pequeño del planeta. Solo el 2.5 por ciento es dulce (freshwater), la que nos interesa para sobrevivir, y está en los continentes. Un 0.01 por ciento está en áreas superficiales y atmosféricas, que utilizamos en actividades domésticas, agrícolas e industriales”, precisó.

El 2.5 por ciento del agua del planeta tiene una distribución desigual. Se concentra 90 por ciento en los casquetes polares, los glaciares y las masas de hielo.

La dulce está en ríos, lagos, manantiales, lagunas y cascadas. De esa pequeña proporción somos dependientes para sobrevivir, destacó.

El agua dulce que tenemos en los continentes proviene del mar, pero se modifica durante el ciclo hidrológico.

En los océanos llueve menos de lo que se evapora. Esa diferencia entre lo que llueve y se evapora equivale a 40 mil kilómetros cúbicos que anualmente van a los continentes donde, a la vez, es mayor la precipitación a lo que se volatiliza.

Existe una diferencia neta de 40 mil kilómetros cúbicos que regresan al mar. “Ese vapor de agua dejó la sal en el mar, se evapora agua pura, que es la que manda el océano hacia los continentes. Ahí entra a las cuencas y comienza a adquirir iones de las rocas”, explicó.

En el momento en el que llega a los continentes agua del mar, de lluvia, se precipita y, o bien corre en la superficie o se infiltra, empapa humedales y llega a los lagos.

Existen tres procesos que caracterizan a la dulce: la composición de la cuenca geológica (que le da las características iónicas de esa particularidad), el clima local dominante, pues importa qué tanto llueva y qué tanto se evapore y el equilibrio entre ambos procesos; y la influencia antrópica, es decir, asociada con la actividad humana.

La composición química de los flujos continentales depende esencialmente del clima y de la integración geológica de las rocas con las que se asocia. Por ello, esa integración es tan variable, por ejemplo, entre un lago y otro.

“A mayor temperatura hay mayor tendencia a la evaporación. Los lagos más dulces o poco mineralizados están dominados por el dióxido de carbono (CO2) atmosférico”, aclaró.

Mientras el agua marina es rica en sodio, la continental lo es en bicarbonato y calcio, mientras su cantidad de salinidad es variable. “Esta característica del agua dulce es de 0.1 gramos por kilogramo de sodio, en tanto, la salada es de 35 gramos por kilogramo de sodio, en promedio”, precisó.

La investigadora, quien es coordinadora del Posgrado en Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, destacó que aunque la dulce no desaparecerá del planeta, los humanos aceleramos procesos.

“Si no se acaba el agua dulce, sí podemos contaminarla a tal grado que deje de ser útil para nosotros”, advirtió.

Créditos: UNAM-DGCS-202/2011/unam.mx

Generan en la UNAM primer registro anual de carbono 14 atmosférico de América del Norte

 
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Laura Baramendi28 de marzo de 2011

• Permitirá, entre otros tópicos, hacer un inventario independiente y objetivo de las emisiones de CO2 a la atmósfera, explicó Laura Beramendi Orosco, responsable del Laboratorio Universitario de Radiocarbono
• La investigación se realizó a partir de anillos de un árbol que vivió de 1823 a 2005

En el Laboratorio Universitario de Radiocarbono (LUR), donde participan los institutos de Geofísica, Geología y de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional, se generaron datos para la construcción de la curva de variación de carbono 14 (14C) atmosférico en México para el periodo 1950-2005, primer registro de este tipo en Norteamérica.

El estudio permitirá, entre otros tópicos, hacer un inventario independiente y objetivo de las emisiones de dióxido de carbono (CO2), pues hasta ahora se hacen sólo a partir de datos económicos (cuánto petróleo y otros combustibles se venden y consumen), explicó Laura Beramendi Orosco, responsable del LUR.

El 14C es un isótopo del carbono (el único radioactivo de este elemento químico) y se forma en las altas capas de la atmósfera por la interacción de la radiación cósmica.

Su mayor aplicación se encuentra en la datación, porque “entra” en los seres vivos y en el momento en que éstos mueren dejan de asimilarlo. Si se conoce la tasa de desintegración de este radioisótopo se pueden estimar las “edades” de las muestras, sobre todo, arqueológicas.

La presencia del isótopo se puede determinar mediante dos técnicas: espectrometría de centelleo líquido, como la que se utiliza en el LUR, y espectrometría de masas con aceleradores, conocida como AMS, que hasta ahora no se realiza en ningún país de América Latina, explicó la experta.

En muestras modernas, el 14C sirve como “trazador” y permite estudiar el ciclo del carbono, es decir, los tiempos de residencia de ese elemento en diferentes reservorios, como suelo, océano y atmósfera.

Desde el comienzo de la Revolución Industrial, recordó Beramendi, se comenzaron a detectar cambios importantes en la concentración de 14C atmosférico; disminuyó por la quema de combustibles fósiles (carbón y petróleo) que no contienen este radioisótopo, mientras fue en aumento el CO2.

Aunque los combustibles fósiles están constituidos a base de carbono, no contienen 14C. Eso ocurre, explicó la investigadora, porque después de 50 mil ó 60 mil años ese radioisótopo se deteriora, y si se considera que para la formación de esos materiales orgánicos tuvieron que pasar millones de años, entonces en ellos prácticamente no quedan residuos de carbono 14.

Sin embargo, expuso, en la década de los 50 y principios de los 60, se hicieron muchas pruebas nucleares a cielo abierto, con la consecuente producción de neutrones de alta energía que reaccionaron con el nitrógeno atmosférico para formar 14C.

En 1963, se alcanzó el doble de ese isótopo que el existente antes de 1950, pero con la firma del tratado de prohibición de ensayos con armas nucleares, de nueva cuenta comenzó a disminuir por el intercambio de carbono entre la atmósfera y los océanos, principalmente.

Este proyecto, explicó la experta, surge de la necesidad de entender qué pasó con esos niveles en México durante la segunda mitad del siglo XX. Además, no sólo era inexistente algún estudio para el país, sino también un registro de cómo fueron las variaciones en América del Norte.

Al no existir un registro instrumental, la investigación del LUR se realizó a partir de anillos de árbol. Estos organismos toman el carbono disponible en la atmósfera y conforme crecen forman uno de ellos, cada 12 meses.

“Si podemos asignar el año correspondiente, por medio de la dendrocronología, se puede analizar cuánto 14C tiene determinado anillo y saber la concentración atmosférica para este periodo”, abundó. Pero se requería tener la seguridad de que fuera una especie que genera “marcas” anuales, por lo que “nos fuimos a una zona por ‘arriba’ del trópico, en la frontera entre Durango y Chihuahua, en la Sierra Madre Occidental”.

Se estableció una colaboración con el Laboratorio Nacional de Dendrocronología del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias, con sede en Durango, donde ya existían cronologías maestras.

“Nos ayudaron con el muestreo de un abeto, Pseudotsuga menziesii, que no cortamos, sino que estaba caído”. También participó el Centro Nacional de Aceleradores, en Sevilla, España, con el análisis de algunos anillos que, por su tamaño, no podrían ser analizados por centelleo líquido en el LUR.

Se fechó cada uno en secciones transversales del tronco y se determinó que el árbol vivió de 1823 a 2005; para el análisis del 14C se consideró sólo desde 1950. Hasta 1965, el estudio se hizo anual y después cada lustro, porque es costoso y tardado.

Los resultados, presentados en el Congreso Internacional de Radiocarbono en 2009, y publicados en la revista Radiocarbon hace unos meses, fueron interesantes. De programas de monitoreo y reconstrucciones realizados en Europa, Asia y África, investigadores plantearon que el 14C se había distribuido de tal manera, que en el Hemisferio Norte había tres zonas características. En la zona uno, más al norte, serían más elevados los niveles que en la zona 2, de latitud media, y la 3, cerca del Ecuador.

En esa clasificación, México estaría en la zona 2; uno de los objetivos fue establecer si así ocurría. “Encontramos que para el periodo 50-70, los niveles de 14C en el país son más bajos que los de la curva internacional de la misma latitud. De ese año, y hasta 2005, los valores son más altos que la curva internacional para el Hemisferio Norte”.

En ello influyó que el carbono 14 se formó en latitudes norte, y de ahí, se distribuyó hacia el sur. No obstante, en el verano mexicano –época en que los árboles crecen– el viento dominante va hacia el norte, y esos organismos tuvieron disponible aire del sur con menos cantidad del isótopo.

Luego, la tendencia se revierte porque las curvas internacionales se han hecho en zonas relativamente alejadas de centros urbanos, como los Alpes suizos, pero donde no se puede descartar la presencia de CO2 fósil por la alta densidad de población en Europa.

En contraste, el sitio de muestreo en el país fue un bosque a tres mil metros sobre el nivel del mar, en medio de la Sierra Madre Occidental, alejado de centros urbanos, donde el asentamiento humano más cercano es Rancho Chiqueros, población de 100 habitantes, cuya principal fuente de energía es la madera y no los combustibles fósiles.

Si se conoce cómo varió en un ambiente limpio, el 14C permite evaluar las emisiones de dióxido de carbono en una ciudad, abundó Beramendi Orosco.

El siguiente paso del proyecto es la generación del patrón de variación para un sitio urbano; “en este caso, tenemos un árbol de San Luis Potosí, y analizaremos el isótopo para años clave”. Más adelante se hará para el Valle de México, donde desde hace dos años, se realiza el monitoreo de 14C, para luego comparar con zonas limpias, finalizó.
Créditos: UNAM-DGCS-178/2011/unam.mx

Efectos en la atmósfera y patrones de consumo energético

 
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Claudio Estrada Gasca, especialista en energía solar y director del Centro de Investigación en Energía.
Claudio Estrada Gasca, especialista en energía solar y director del Centro de Investigación en Energía.

14 de agosto de 2010
• En 2007, se acumularon 387 partes por millón de CO2, alertó Leopoldo García Colín, investigador emérito de la UAM y doctor honoris causa por la UNAM
• Claudio Estrada Gasca, director del CIE, propuso utilizar fuentes de energía alternas porque el consumo mundial crece, en promedio, dos por ciento cada año

La cantidad de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera terrestre se duplica cada 35 años debido a la utilización de combustibles fósiles, alertó Leopoldo García Colín, investigador emérito de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y doctor honoris causa por la UNAM.

Por su parte, Claudio Estrada Gasca, especialista en energía solar y director del Centro de Investigación en Energía (CIE), de la Universidad Nacional, subrayó que la sustentabilidad es el impulso más importante para energía renovable.

En la conferencia “Energía solar fototérmica”, el universitario destacó que para dar una respuesta limpia a una demanda y consumo mundial que crece, en promedio, un dos por ciento cada año, se requiere de fuentes alternas, como la hidráulica, biomasa, geotermia, viento, solar y nuclear.

Invitado como conferencista en los trabajos del Simposio Internacional sobre Energías Renovables y Sustentabilidad, que organizó el CIE de esta casa de estudios en Temixco, Morelos, García Colín detalló que en 2007, se emitieron 387 partes por millón de CO2.

“De continuar esta tendencia, en 30 años la cifra crecerá a 447 partes por millón y la temperatura oceánica aumentará dos grados Celsius, lo que sería catastrófico para muchas especies”, advirtió.

En la conferencia “Principios físicoquímicos del cambio climático”, comentó que si se mantiene el actual ritmo de emisiones de gases de efecto invernadero, para el año 2100 se generarán 560 partes por millón de CO2 “y entonces la Tierra será inhabitable”.

Según los geólogos, ni siquiera los asteroides han afectado tanto a la atmosfera como el CO2. “Los océanos ahora son más ácidos y su bioquímica afecta a todos los organismos”, señaló el también miembro de El Colegio Nacional.

El químico y doctor en Física reconoció que el escenario terrestre con los actuales patrones de consumo energético es catastrofista, pues la acidez de los océanos refleja consecuencias en la biodiversidad marina, con daños detectables en las quebradizas conchas de los moluscos, el blanqueamiento de los corales y el deterioro del plancton, principal alimento marino de muchas especies.

Entre las soluciones para abatir este creciente problema global, García Colín dijo que se deben bajar, a toda costa, las emisiones de CO2 a 350 partes por millón.

“En términos energéticos, esto equivale a no quemar más de la cuarta parte de los combustibles fósiles hoy disponibles. Implica una revolución socio-económica difícil de imaginar”, añadió.

“El reto energético que debemos enfrentar requiere una planificación con seguridad del suministro, reservas de fuentes, política de precios y minimización de impacto ambiental”, dijo, a su vez, Estrada Gasca.

Hasta ahora, 73 países han definido e implementado políticas de investigación y de promoción de energías renovables, y desarrollo de fuentes alternas para que sean competitivas.

“Las energías renovables que hoy son competitivas han requerido un enorme esfuerzo de investigación básica. Por ejemplo, las aspas de los aerogeneradores eólicos comenzaron con una dimensión de 10 metros y, ahora, son de 100”, señaló.

Estrada Gasca destacó que la energía nuclear y el carbón pulverizado brindan un 90 por ciento de seguridad de abasto, mientras que la eólica garantiza un 28.9 y la solar un 24.6 por ciento.

Actualmente en México existe una dependencia del 92 por ciento de las fuentes convencionales, mientras que el siete por ciento son renovables, y el uno por ciento nuevas energías renovables, detalló.

En el país, el 44.8 por ciento del consumo se dedica al transporte, el 28.3 a la industria, el 20 por ciento al uso doméstico, comercial y público, y el 3.8 por ciento a la agricultura.

En contraste con la contaminación que generan y la infraestructura que requiere la obtención de energías fósiles, la solar recibida cada 10 días sobre la Tierra equivale a todas las reservas conocidas de petróleo, carbón y gas.

Además, el 70 por ciento de población mundial vive dentro de la llamada franja solar, es decir, esta energía es democrática”, indicó.

Actualmente, en el CIE de la UNAM se desarrollan diversas tecnologías sustentables, como calentadores y refrigeradores solares, así como dispositivos para edificaciones.
Créditos: UNAM. DGCS -480/unam.mx

El exceso de CO2 acidifica los océanos, dañando arrecifes, fitoplancton y animales con concha

 
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Las aguas ácidas afectan a los arrefices de coral, que padecen blanqueamiento por estrés, derivado del aumento de la temperatura o de la acidez oceánica.
Las aguas ácidas afectan a los arrefices de coral, que padecen blanqueamiento por estrés, derivado del aumento de la temperatura o de la acidez oceánica.

8 de junio de 2010

• Los mares absorben, en promedio, 22 millones de toneladas de dióxido de carbono producido por el ser humano, alertó Rosa María Prol, del Instituto de Geofísica de la UNAM
• Esas altas concentraciones provocan un descenso del nivel de acidez en el agua, y una menor disponibilidad de carbonato

Las altas concentraciones de dióxido de carbono (CO2) en el planeta no solamente afectan a la atmósfera y generan el calentamiento global. También producen graves daños en los océanos, cuyas aguas se vuelven ácidas por el exceso de ese contaminante.

Ese cambio en el nivel de acidez (o pH) del agua marina produce una menor disponibilidad de calcita, aragonita y otros carbonatos con los que se forman los arrecifes, los esqueletos y las conchas de muchas especies marinas, afirmó Rosa María Prol Ledesma, investigadora del Instituto de Geofísica (IGf) de la UNAM.

En la conferencia “La acidificación del océano”, celebrada en el auditorio Tlayolotl del IGf, la doctora en física de la Tierra señaló que los mares absorben en promedio 22 millones de toneladas de CO2 producido por el ser humano.

“Al disolverse el CO2 en los océanos, éstos se vuelven ácidos, ocasionando un cambio químico que disminuye la cantidad de carbonato de calcio, con el que se forma el fitoplancton calcáreo, fundamental en la cadena alimentaria”, destacó.

La especialista del Departamento de Recursos Naturales del IGf, añadió que la acidificación oceánica produce que especies como los pterópodos –una familia de moluscos pequeños que forman extensiones laminares y pequeñas conchas– tengan deficiencias en sus defensas y disminución de la función metabólica.

Las aguas ácidas también afectan gravemente a los arrefices de coral, que padecen el blanqueamiento por estrés, derivado del aumento de la temperatura o de la acidez oceánica.

“En México se ubica la segunda zona de arrecifes de coral más grande del mundo, detrás de la de Australia, así que el daño a nuestra biodiversidad es especialmente notable”, abundó Prol.

Otros afectados son los peces y mariscos de diversas especies, muchos de ellos de valor comercial, y fundamentales en pesquerías.

Mares 30 por ciento más ácidos

De acuerdo con datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), los océanos absorben el 25 por ciento del CO2 que se emite cada año en el planeta, y producen la mitad del oxígeno que se respira.
Según la Guía de acidificación de los océanos, realizada por ese organismo, la acidez de las aguas marinas se ha incrementado un 30 por ciento desde el inicio de la industrialización, hace 250 años.
La predicción de la UICN indica que si los niveles de CO2 en la atmósfera siguen subiendo, la acidez del agua del mar puede aumentar 120 por ciento de aquí a 2060, lo que significa un incremento mayor al experimentado en los últimos 21 millones de años.

En 2100, el 70 por ciento de los corales de agua fría pueden verse expuestos a aguas corrosivas.
La UICN destacó que, dado el desfase entre las emisiones de CO2 y una situación de equilibrio, podrían pasar decenas de miles de años antes de que se restablezcan las propiedades del océano, y aún más tiempo para alcanzar una recuperación biológica completa.
Para ello, los expertos exigen reducciones inmediatas y sustantivas de las emisiones y la aplicación de tecnologías capaces de eliminar activamente el CO2.
“La única forma de detener la acidificación oceánica es suspendiendo las emisiones de contaminantes, causados fundamentalmente por los automóviles y las industrias”, advirtió Rosa María Prol.

La investigadora universitaria, que en agosto próximo realizará una campaña de investigación en aguas de la parte norte del Golfo de California, tomará muestras de varias especies marinas que han sobrevivido a la acidificación oceánica.

“Existe un tipo de acidificación natural, que ocurre cerca de las ventilas hidrotermales, de donde sale CO2. Pero es un fenómeno natural que ha ocurrido gradualmente durante miles de años, que algunos corales han podido resistir”, señaló.

Con su estudio, Rosa María Prol comparará la sobrevivencia de esas especies con la situación que se vive por la contaminación antropogénica.
Créditos: UNAM. DGCS -342/unam.mx

Estrenará Red Mexicana de Aerobiología, página web

 
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Centro de Ciencias de la Atmósfera3 de mayo de 2010

• Contendrá información como la variación, en tiempo y espacio, de los principales alérgenos polínicos presentes en la atmósfera de la Ciudad de México
• También, incluirá el taxón de cada tipo de polen, sus concentraciones, los avances de un calendario polínico y un semáforo de alerta polínica
• La ReMA, proyecto coordinado por María del Carmen Leticia Calderón Ezquerro, del CCA de la UNAM, elabora un Atlas Nacional de Polen

En ciudades industrializadas, la incidencia y exposición a aeroalérgenos impacta significativamente la salud de más del 20 por ciento de la población. Algunas personas necesitan 15 granos de polen, otras sólo dos, para presentar una reacción alérgica.

Asimismo, el polen atmosférico se considera un bioindicador de contaminación, por lo que se puede utilizar como modelo experimental para evaluar la calidad del aire.

Partículas contaminantes de monóxido de carbono, óxido de nitrógeno, óxido de azufre y diésel, entre otras suspendidas en el aire, se pegan a la exina (cubierta exterior dura) de los granos de polen que, cuando son inhalados, inflaman las mucosas de las vías respiratorias y aumentan su permeabilidad.

No obstante, con el incremento de la temperatura y el trastocamiento de las precipitaciones fluviales, se ha alterado el patrón de floración de las plantas (se atrasa o se adelanta), lo que repercute en la biodiversidad, la ecología y la salud humana.

De ahí la importancia de alertar sobre la calidad biológica y la alergenicidad del aire de la Ciudad de México, con datos precisos y oportunos, y esa es una de las tareas de la Red Mexicana de Aerobiología (ReMA), coordinada por María del Carmen Leticia Calderón Ezquerro, investigadora del Centro de Ciencias de la Atmósfera (CCA) de la UNAM.

La ReMA forma parte de un proyecto conjunto de la Universidad Nacional y el gobierno del Distrito Federal, denominado “Evaluación de la calidad del aire de la Ciudad de México y su efecto en la salud de la población expuesta a biopartículas alergénicas (granos de polen) y su relación con el cambio climático”.

Y en una próxima etapa, la Red inaugurará su página web (www.atmosfera.unam.mx/rema), que contendrá información como la variación, en tiempo y espacio, de los principales alérgenos polínicos (pastos, malezas y árboles) presentes en la atmósfera de esta urbe, anunció Calderón Ezquerro.

En ese sitio se incluirá, además, el taxón de cada tipo de polen, sus concentraciones, los avances de un calendario polínico en proceso (su presencia a lo largo del año), un semáforo de alerta polínica, información de las alergias que ocasiona cada tipo de polen y vínculos a personal médico especializado.

Calendario polínico

Para brindar sus servicios, la ReMA cuenta con datos recabados por casi dos años, que incluyen tipos de granos de polen, su grado de alergenicidad (alta, media o baja) y concentraciones.

“Tenemos registrados unos 50 tipos en el valle de México; de ellos, 20 son los más importantes por sus concentraciones. Por ejemplo, la concentración anual acumulada de granos de polen de fresno (Fraxinus) en Chapultepec fue de 16 mil 248 por metro cúbico de aire; en Ciudad Universitaria, de 30 mil 631, y en Iztapalapa, de mil 296”, dijo.

Los universitarios también elaboran un calendario polínico que representará en forma sencilla los distintos tipos de polen con capacidad para producir alergias, y su presencia en el aire a lo largo del año.

Contendrá cuatro grupos con varias categorías que permitirán conocer el riesgo de padecer una alergia. Cada tipo polínico registrado entrará en alguna de las categorías establecidas, según su alergenicidad y concentración, señaló.

El grupo uno presenta las siguientes categorías: Nula: menos de un grano de polen por metro cúbico de aire. Baja: entre uno y 15 granos por m³ de aire. Moderada: de 16 a 30 granos por m³. Alta: más de 30 granos por m³. En este grupo entran tipos polínicos como Parietaria, Urtica, Fabaceae, Apiaceae y Cannabis, entre otros.

“Hasta la fecha tenemos una representación gráfica de lo que ha ocurrido en casi dos años, pero necesitamos un mínimo de cinco para ver qué patrones se repiten y hacer el calendario polínico de cada especie”, indicó Calderón.

En esa representación figura el fresno, cuyos periodos de floración y concentración se cuentan de diciembre a febrero-marzo. En ese lapso, integrado precisamente por los meses más fríos, las concentraciones pico (en enero) fueron de 900 granos por m³ de aire.

Dos casos más son los pastos (que crecen todo el año), cuyas concentraciones máximas fueron de 87 granos por m³ de aire, y la familia de las cupresáceas (que incluye al ciprés y al enebro), de 904 granos por m³ de aire en enero.

“Con cada tipo polínico que encontramos e identificamos, vamos haciendo este calendario”, refirió la especialista.
Semáforo de alerta polínica

Con base en pruebas dérmicas que permiten saber a qué tipo de polen responde un individuo, y en la experiencia de aerobiólogos como María del Mar Trigo, del grupo de investigadores que conforman la Red Española de Aerobiología, los científicos universitarios catalogarán cada uno de los tipos polínicos, según alergenicidad y concentraciones en el aire de la Ciudad de México, para hacer un semáforo de alerta que podrá ser consultado también en la página de la ReMA.

“Con este semáforo y el reporte de la calidad biológica del aire (buena, aceptable, regular o mala), el personal de salud (alergólogos, neumólogos y médicos de atención primaria), que usualmente debe esperar a hacer sus pruebas dérmicas para saber a qué tipo de polen responde una persona, tendrá información, en tiempo real (semanal), del tipo polínico que predomina en el ambiente, así como de las concentraciones con que se presenta en diferentes puntos”, refirió la experta.

Con base en lo anterior, prosiguió, se podrán recetar medicamentos, aplicar vacunas o minimizar los efectos alergénicos en las personas, o bien, emitir recomendaciones como usar tapabocas; mantener cerradas las ventanas de casas, oficinas y automóviles, y no salir de paseo en días y horas determinados, entre otras acciones.

También, será de utilidad para el público en general, en especial para los alérgicos. “Un asmático alérgico a distintos tipos polínicos, que se entere por este medio de las concentraciones de pólenes en alguna zona de la urbe, evitará ir allá o acudirá a su médico para tomar medidas preventivas”, añadió.

Proyecciones a futuro

El monitoreo y detección de granos de polen permitirá hacer también proyecciones a futuro de los efectos del cambio climático en la distribución y concentraciones de los mismos, y de sus impactos potenciales en la salud humana.

“En Europa, donde desde hace 20 años se monitorean los aeroalérgenos, ya se ven los efectos reales del cambio climático sobre la floración de las plantas”, informó Calderón Ezquerro.

Con el incremento de la temperatura y el trastocamiento de las precipitaciones fluviales se ha alterado el patrón de floración de las plantas (se atrasa o se adelanta), lo que repercute en la biodiversidad, la ecología y la salud humana.

Así pues, los médicos ya no pueden saber cuándo un determinado tipo polínico muy alergénico (un fresno, un ciprés, un trueno) presentará sus picos de concentraciones.

“¿Qué va a pasar con la vegetación en 2030 ó 2050, cuando la temperatura haya subido más? Si queremos hacer en México proyecciones a futuro sobre el cambio climático, necesitamos contar con una base de datos muy completa, no hay de otra”, consideró.

Bioindicador

El polen atmosférico es un bioindicador de contaminación ambiental, y se puede utilizar como modelo experimental para evaluar la calidad del aire. Partículas contaminantes de monóxido de carbono, óxido de nitrógeno, óxido de azufre y diesel, entre otras, que están suspendidas en el aire, se pegan a la exina (cubierta exterior dura) de los granos de polen, y cuando éstos son inhalados por las personas, inflaman las mucosas de las vías respiratorias y aumentan su permeabilidad.

“Así, para detectar la presencia de metales pesados y otros contaminantes en las superficies de especies inductoras de polinosis en la Ciudad de México, llevaremos a cabo varios estudios”, apuntó.

En granos de polen capturados en Ciudad Universitaria y Chapultepec, se han encontrado partículas de azufre, aluminio, cloro, bromo, sodio y magnesio, así como algunos gases.

Es probable que algunos granos de polen no sean muy alergénicos; pero si tienen adheridas ciertas partículas contaminantes, podrían potenciar su alergenicidad o causar efectos genotóxicos.

“También puede ocurrir que, como tales, ya no estén en la atmósfera, pero sí sus proteínas alergénicas, pegadas a aerosoles o a gotitas de agua, y cuando éstos bajan, los inhalemos. Quizá por eso mucha gente sigue teniendo reacciones alérgicas luego de que el polen ha desaparecido de la atmósfera por sedimentación, o ha sido lavado por la lluvia”, alertó.

Una trampa de esporas de hongos y granos de polen

En cada estación de monitoreo de la ReMA hay un trampa de esporas de hongos y granos de polen, conformada por un tamborcito con una cinta de celofán impregnada con adhesivo. Las partículas que flotan en el aire se impactan en la cinta, que se mueve dos milímetros por hora.

Cada una de ellas –cada semana se cambian– se corta en siete partes, que se ponen en un portaobjetos para su observación y análisis en el microscopio.

Algunas estaciones de monitoreo de la ReMA, se conectarán con la red de estaciones meteorológicas que tiene el Centro de Ciencias de la Atmósfera en planteles de la Escuela Nacional Preparatoria y del Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM.

Una red única en América Latina

En ningún país de América Latina hay una red similar a la ReMA, que comenzó a funcionar en 2008 con una estación de monitoreo en Ciudad Universitaria, y otra en el Museo de Historia Natural, en el bosque de Chapultepec.

En 2009, se montó una más en Iztapalapa, y se programa instalar, en el transcurso de este año, otras tres, en el norte, poniente y sur de la urbe.

Conforme se incremente la base de datos, además de informar de los efectos del cambio climático y contar con un calendario polínico cada vez más preciso, se podrá actualizar el inventario de la flora del Valle de México y realizar proyectos de investigación básica.

Asimismo, el equipo que coordina Calderón Ezquerro, elabora un Atlas Nacional de Polen, que contendrá información relacionada con la taxonomía, descripción, fenología (relación de ciclos climáticos con la floración), alergología, y microscopía de los distintos granos, así como fotografías de pastos, malezas y árboles.

Con la ReMA colaboran la Universidad de Málaga, España, la Agencia Española de Cooperación Internacional, el Instituto de Biología de la UNAM, el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y el Instituto Oftalmológico Fundación Conde de Valenciana, entre otras instituciones.

Créditos: UNAM. DGCS -270/unam.mx