Recibe Manuel Peimbert Sierra Premio Heberto Castillo Martínez

 
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Manuel Peimbert, investigador emérito del Instituto de Astronomía.
Manuel Peimbert, investigador emérito del Instituto de Astronomía.

14 de diciembre de 2010

• El emérito y académico del Instituto de Astronomía fue reconocido por su trayectoria y sus investigaciones sobre la composición química de los objetos en el universo

Timbres, fotografías de iglesias, placas fotográficas de nebulosas. Ahí, desde muy joven, Manuel Peimbert Sierra descubrió, por un lado, lo importante del placer visual de las imágenes y, por otro, su vocación. Hoy, el distinguido astrónomo universitario es reconocido con el Premio Ciudad Capital Heberto Castillo Martínez que otorga el Gobierno del DF a través de su Instituto de Ciencia y Tecnología.

Ganador en la categoría de Ciencias básicas, en el área de Científicas y científicos consagrados mayores de 45 años, el investigador emérito del Instituto de Astronomía (IA) recordó que proviene de una familia “totalmente” universitaria. Su bisabuelo, don Justo Sierra, fundó la Universidad Nacional; su padre fue médico y su madre estudió historia y dio clases en la Facultad de Ciencias Políticas. Él, por su parte, desde niño asistía a los juegos de fútbol americano a gritar “desaforadamente” en contra del equipo del Politécnico… y coleccionaba timbres.

Al terminar el segundo año de secundaria le pidió a su madre trabajar en la Universidad; tendría alrededor de 13 años. Ella era amiga del director del Instituto de Investigaciones Estéticas, Manuel Toussaint, y con él colaboró alrededor de mes y medio; “me pagaba de su bolsa 20 pesos a la semana y me dio 80 pesos de aguinaldo. Eso, respectivamente, significaba la compra de siete y 30 libros”. De ese modo, en las librerías “de viejo” conseguía historias para leer, como las de Salgari.

En Estéticas su trabajo consistió en clasificar miles de fotografías en blanco y negro de fachadas de iglesias barrocas de los siglos XVI al XVIII. Estaban revueltas; tenía que separarlas y averiguar de qué templos se trataba. Para eso, contó con la ayuda de renombrados investigadores como Justino Fernández, Francisco de la Maza y Elisa Vargaslugo.

Luego de egresar del plantel 5 de la Escuela Nacional Preparatoria, Peimbert Sierra, a los 16 años, entró a la Facultad de Ciencias, pero aún sin vocación. Incluso, tenía la idea de cambiarse a otra facultad; por aquel entonces, y aún ahora, gustaba de la historia, la literatura, la ingeniería petrolera y la geología.

Pero su historia dio un giro. Con su compañero Gerardo Batíz, fue de aventón al Observatorio de Tonantzintla. Era sábado y llegaron a las 12 del día; un jardinero les informó que los astrónomos estaban dormidos, así que esperaron con paciencia en la entrada. A las 3 de la tarde salió el director, Guillermo Haro, quien les propuso buscar nebulosas planetarias ¬-que son objetos en transición entre gigantes rojas y enanas blancas-, en placas fotográficas del cielo, cada una con unos dos mil espectros.

En esa ocasión, su labor consistió en buscar objetos distintos a los demás por ciertas características (como un espectro diferente, que tuviera líneas de emisión en lugar de las de absorción) y observar si estaban catalogados o no.

“Fuimos muchos fines de semana. Encontramos alrededor de 100; 90 ya estaban en los catálogos de la época, pero 10 no. Tuvimos la fortuna de que por ahí pasó un astrónomo checoslovaco que hacía un inventario de esos objetos e incluyó los nuestros que, desde entonces, se conocen como nebulosas Peimbert-Bátiz”.

Entonces surgió su vocación. No importó que las matemáticas fueran difíciles o que no entendiera la física; al contrario, se requerían esas disciplinas para entender el cosmos y eso lo motivó y lo “encarriló” hacia la investigación en astronomía, refirió.

Se recibió como físico en 1962; al siguiente año se fue a la Universidad de California en Berkeley, donde estudió el doctorado en astrofísica, que terminó en 1967. Se quedó un año más con un puesto posdoctoral y regresó a México en mayo de 68. Comenzó a dar clases en la Facultad de Ciencias, aún imparte Astronomía general y Física moderna 2, en el momento en que inició el movimiento estudiantil.

Por ello, “me conmueve que este premio lleve el nombre de Heberto Castillo, pues tuve la fortuna de conocerlo en 68; los dos éramos representantes de nuestras facultades ante la ‘Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas’, que apoyó al movimiento”.

Luego, continuó en el IA haciendo su investigación, “y en esas estoy. Estoy inventariado, me van a sacar a rastras de mi oficina”, aseguró. También sigue apasionado por la composición química de los objetos en el universo, fundamentalmente de las regiones donde se forman estrellas y de las nebulosas que rodean soles en proceso de extinción.

“El universo comenzó a expandirse, hubo reacciones nucleares y se produjo 75 por ciento de hidrógeno y 25 por ciento de helio, llamado helio primordial; este es uno de los pilares en los que descansa la teoría de la gran explosión”.

El emérito ha viajado a una gran cantidad de observatorios del mundo; ha observado con telescopios muy grandes, instalados en Chile o Japón, o con satélites espaciales. Ahora, por ejemplo, forma parte del comité que asignará los tiempos de utilización del Hubble en 2011.

A la enorme cantidad de distinciones recibidas, entre ellas, el Premio de la Academia Mexicana de Ciencias, a los 30 años, y el Premio Nacional de Ciencias a los 40, convirtiéndose en el investigador más joven en obtener ambos reconocimientos, su nombramiento como miembro de la National Academy of Sciences de EU y de The Royal Astronomical Society, de Inglaterra, hoy suma el Premio Ciudad Capital.

Créditos: UNAM-DGCS-787/unam.mx

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