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Experiencia de México con el TLC no ha sido positiva

 
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¿Cómo le ha ido a México 17 años después de haber firmado el Tratado de Libre Comercio con Norte América.?
¿Cómo le ha ido a México 17 años después de haber firmado el Tratado de Libre Comercio con Norte América.?

29 de octubre de 2011

Agencia de Noticias UN- ¿Cómo le ha ido a México 17 años después de haber firmado el Tratado de Libre Comercio con Norte América?  Ahora que Colombia inicia un proceso similar es interesante conocer la experiencia ‘manita’.

Este fue el tema que trató Alicia Puyana Mutis, doctora en Economía de la Universidad de Oxford y profesora e investigadora de la Facultad latinoamericana de Ciencias Sociales Flacso de México, durante una conferencia presentada a estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia.

Los resultados distan muchos de las expectativas. La economía mexicana es abierta y todo flujo internacional de bienes y capitales es prácticamente libre, mientras la migración laboral hacia Estados Unidos o Canadá está penalizada y es altamente riesgosa. La economía ha sufrido serias crisis y la de 2008 castigó a México más que a ningún otro país latinoamericano.

El país azteca negoció el TLC para afianzar su proyecto de modernización de la economía y la sociedad. Al asociarse con Estados Unidos, y gracias al impulso de su economía, México pensó que se aceleraría el crecimiento del PIB mediante las manufacturas más sofisticadas y una agricultura moderna, de gran escala, mecanizada y de productividad similar a la de sus vecinos del norte, pero esto no pasó.

De acuerdo con la explicación de Puyana, para Estados Unidos el acuerdo no significó mayores costos, por el tamaño reducido de la economía mexicana (la colombiana es la mitad de esta) y porque prácticamente todas las exportaciones mexicanas ya tenían libre acceso o aranceles muy bajos, al gozar de trato preferencial en diferentes programas: maquila, automotriz, multifibras los cuales continuaron vigentes hasta mediados de la década pasada.  Prácticamente lo pactado ya existía.

Con voluntad política de ‘modernizar’ el campo, México aceptó que Estados Unidos mantuviera la política de subsidios a sus agricultores, que de hecho significaba someter a los campesinos y pequeños productores de alimentos mexicanos a la competencia de importaciones subsidiadas.

Para 1990 las distancias eran mayúsculas y no se han reducido: Estados Unidos tiene un PIB per cápita 6 veces superior al mexicano y el de Canadá es 4,8 veces mayor. Las exportaciones y las importaciones de Estados Unidos son 4,7 y 7 veces las mexicanas.

De acuerdo con Puyana: “En consecuencia de todo lo anterior, México experimenta el estancamiento de la agricultura y de las manufacturas, como fuente de crecimiento del PIB y del empleo, pero se ha producido un crecimiento prematuro de servicios de baja calidad y de menor productividad, refugio del sector informal urbano, que concentra el 55 por ciento de los empleados”.

Por eso la economista concluye que “la experiencia mexicana con el TLC no ha sido la más positiva y, si algo ha de aprender Colombia, es que podría resultar más conveniente negociar en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y en alianzas con países de similar desarrollo e intereses cercanos”.

Las asimetrías entre México y Estados Unidos que dificultaron las negociaciones son mayores en el caso colombiano. Los efectos que se han dado en el país centroamericano podrían ser similares, si no más graves, en el caso de Colombia.

Créditos: agenciadenoticias.unal.edu.co

MÉXICO PERDIÓ EL SENTIDO DE EXISTENCIA

 
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Guillermo Hurtado, director del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.
Guillermo Hurtado, director del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.

• Para el director del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, Guillermo Hurtado, es preciso una “cruzada educativa” que permita a los mexicanos construir, de manera conjunta, un nuevo sentido
• El doctor en filosofía por la Universidad de Oxford expuso que los mexicanos carecen de una brújula que les indique el rumbo de sus pasos

“Más allá de las crisis surgidas al calor de las recesiones, la violencia o la política, México atraviesa una que resulta aún más preocupante porque impacta directamente en nuestra existencia colectiva: se trata de una crisis de sentido”, explicó Guillermo Hurtado, director del Instituto de Investigaciones Filosóficas (IIF) de la UNAM.

Esto se refleja en que, a diferencia de pueblos como Brasil, Perú, Francia e incluso Estados Unidos, que parecen intuir a dónde se dirigen, los mexicanos carecen de una brújula que les indique el rumbo de sus pasos, explicó el académico.

Hoy resulta difícil imaginar que se repitan escenas como las de aquella tarde de 1938, cuando miles se volcaron espontáneamente al Palacio de Bellas Artes con sus joyas familiares, reliquias, ahorros e incluso cerdos y guajolotes bajo el brazo, para apoyar a Lázaro Cárdenas y contribuir, aunque fuera con algo, a liquidar la deuda contraída con las compañías extranjeras por la expropiación petrolera.

Aunque rara en el México del siglo XXI, ese tipo de convicción generalizada no era inusual todavía hace algunas décadas, “porque después de la Revolución, y a lo largo de casi medio siglo, nuestro pueblo tenía la mira puesta en ciertos objetivos, ideales y metas.

Además, había consenso sobre qué problemas se debían resolver y qué acciones llevar a cabo; sin embargo, con el transcurrir de los años este modelo entró en crisis y se colapsó, y una vez derrumbado, en vez de construir uno acorde a los nuevos tiempos, nos quedamos sin nada”, indicó Hurtado.

Construir la democracia

“Bienestar para tu familia”, “arriba y adelante”, “empleo para todos” o “despierta, México”, todos y cada uno son eslóganes políticos que buscan describir una utopía que, por desgracia, se queda en meras palabras, pues se trata de frases más encaminadas a obtener votos que a concretar realidades, y eso genera un extendido desánimo nacional.

“La gente normalmente sabe cuando se le está engañando; entonces, lo que se genera es una especie de abismo entre el discurso y la realidad, y lo que se aprecia en México, desde hace mucho tiempo, es ese abismo. Una cosa es el discurso de los políticos y otra la realidad, y ello genera un escepticismo muy grande y también frustración”, dijo.

Este fenómeno ha hecho que en encuestas de valores como el Latinbarómetro, la Encup y la Encuesta Mundial de Valores, los mexicanos figuren entre los latinoamericanos más insatisfechos con la democracia en que viven.

“Este asunto es preocupante porque la democracia, y hablo de una genuina, debería ayudarnos a construir ese sentido de nación del que carecemos; sin embargo, lo que tenemos es una resignación a que México es un país sin futuro. Nuestra democracia no ha sido vista como una catapulta para el desarrollo nacional, pero porque no tenemos la que requerimos”, acotó.

Para el académico, las semillas de ese nuevo modelo están en las aulas, por eso es necesario emprender una “cruzada educativa, porque si queremos cambiar al país, debemos empezar por cambiarnos nosotros mismos, y en eso la UNAM puede aportar mucho al recordar a la gente que, como nación, hemos tenido y podemos tener un espíritu que guíe e impulse a construir un conjunto de razones, valores e ideales que nos permitan solucionar problemas”.

En busca del espíritu nacional

Intelectuales como Justo Sierra o José Vasconcelos intentaron descifrar en qué consistía el llamado espíritu nacional, pero actualmente las circunstancias han cambiado. “Por ello, tenemos que recobrarlo, aunque yo lo que haría sería sustituir la palabra espíritu por sentido, y pensar a fondo qué queremos de México, quiénes somos, qué hemos sido y qué queremos ser”, consideró.

Sin embargo, en esta búsqueda de rumbo hay dos peligros, la de ser excesivamente optimistas, como cuando México se hizo independiente y se sentía llamado a ser un gran imperio, o la de ser pesimista, como hoy, cuando en las calles los ciudadanos se sienten agobiados por violencia, recesión y falta de dirección política.

“El pesimismo y el optimismo son dos suertes de fatalismo. El primero, sostiene que, no importa qué hagamos, estamos condenados al fracaso; el segundo, consiste en la creencia de que nuestros problemas se van a resolver por sí solos. Lo ideal es apostarle al meliorismo, que sostiene la idea de que sí podemos estar mejor, pero para eso debemos trabajar, porque nuestro futuro no está escrito por los astros o los dioses, porque no hay astros ni hay dioses, el futuro lo hace cada uno”, expuso Hurtado.

Para comenzar a dar estos pasos, añadió el filósofo, los ciudadanos deben comenzar a despojarse de esa desconfianza y alienación que caracteriza a los mexicanos del siglo XXI, y remitirse a valores que son típicos de los mexicanos, como la solidaridad.

“Lo primero que necesitamos es recuperar la credibilidad en nosotros mismos, porque actualmente, el que quiere cambiar se va del país bajo la creencia de que México no tiene futuro, y esa es una idea que debemos romper”, concluyó.

Créditos: Boletín UNAM-DGCS-167 – dgcs.unam.mx

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