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Custodia la Biblioteca Nacional la historia de las letras mexicanas

 
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Belem Clark de Lara, coordinadora de la Biblioteca Nacional de México.
Belem Clark de Lara, coordinadora de la Biblioteca Nacional de México.

4 de abril de 2011

• Entre sus proyectos está la creación de la Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas
• Abrió sus puertas hace 127 años, recordó su coordinadora, Belem Clark de Lara

La Biblioteca Nacional de México (BNM), encomendada a la UNAM y administrada por el Instituto de Investigaciones Bibliográficas, constituye el patrimonio de la nación en esta materia. Cuenta con una tradición y un cometido de resguardo de la historia de las letras mexicanas, de su literatura en el sentido amplio, porque alberga lo que se escribe en el país acerca de todas las disciplinas.

Entre sus proyectos, figura la creación de la Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas. Se cuenta, para ello, con la colaboración de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Tenemos la digitalización de mil 80 obras en proceso para subirse a Internet; ésta es la manera en que se ha podido avanzar para contar con un portal en línea y dar a conocer parte del acervo, explicó la coordinadora de la BNM, Belem Clark de Lara.

Su misión, desde su fundación hace 127 años –abrió sus puertas el dos de abril de 1884–, ha sido custodiar, conservar y difundir los impresos que se producen en México, o extranjeros que se refieran a nuestro territorio.

Cuenta con un Fondo Contemporáneo, conformado por las salas de Consulta (con un área de recursos electrónicos, como discos compactos), y Especiales: Bibliografía, Mapoteca, Tiflológico, Fonoteca, Materiales didácticos, y Videoteca, creadas entre 1959 y 1982.

La misión de la Biblioteca Nacional de México desde hace 127 años, fecha en que abrió sus puertas, ha sido custodiar y conservar los impresos que se hacen en el país, o extranjeros que refieran a nuestra nación.
La misión de la Biblioteca Nacional de México desde hace 127 años, fecha en que abrió sus puertas, ha sido custodiar y conservar los impresos que se hacen en el país, o extranjeros que refieran a nuestra nación.

Su Fondo Reservado es el más importante a nivel nacional y su objetivo primordial es preservar y organizar las colecciones que, por su rareza, antigüedad, alto valor o lo limitado de las ediciones, requieren de cuidados especiales.

El recinto, ubicado en el Centro Cultural Universitario, en Ciudad Universitaria, recibe anualmente alrededor de 22 mil usuarios. “Tenemos materiales que no se encuentran en ningún otro lado; además, los visitantes son atraídos por la diversidad que pueden encontrar en un sólo lugar”, añadió.

El catálogo de la BNM se puede consultar por Internet; el Fondo Contemporáneo está abierto para estudiantes desde los 16 años, y el Reservado sólo para investigadores o tesistas respaldados por su obra o una institución.

Se estima en más de un millón y medio la cifra de unidades documentales (libros, manuscritos, folletos, fotografías y discos compactos, entre otros) que la conforman, pero podrían ser muchos más por el incremento de años recientes, reconoció Clark de Lara.

Por ello, dijo, el año pasado se creó el Departamento de Formación de Colecciones e Inventarios, para avanzar en el conocimiento de la riqueza verdadera de este espacio.

Del Fondo de Origen a la era digital

Desde la primera mitad del siglo XIX, hubo intentos de constituir la BNM (1833 y 1846), que se concretó hasta 1867. El presidente Benito Juárez emitió el decreto de su fundación, el 30 de noviembre, y también se dispuso que el edificio del ex convento de San Agustín fuera su recinto, y que los libros y fondos que pertenecieron a los conventos, suprimidos por las Leyes de Reforma, fueran trasladados a la Biblioteca Nacional.

Esas unidades documentales conforman hoy el llamado Fondo de Origen, constituido por las bibliotecas de los ex conventos del Carmen, San Joaquín, San Ángel, San Francisco, San Fernando, Santo Domingo, San Agustín, San Diego, San Felipe Neri, La Merced, San Pablo, Porta Coeli y Aranzazu. Asimismo, la Biblioteca Turriana, de la Catedral.

El recinto, ubicado entonces en las calles de Venustiano Carranza e Isabel La Católica, en el Centro Histórico, abrió sus puertas al público el 2 de abril de 1884, con aproximadamente 90 mil volúmenes, y pasó a custodia de la Universidad en 1929, al decretarse la autonomía de la institución.

Permaneció en el sitio hasta que, con el terremoto de 1985, el edificio se dañó y se contempló la posibilidad de construir instalaciones específicas. En la década de los 70 se erigieron las que hoy albergan al Fondo Contemporáneo y los libros fueron trasladaron a finales de ese lapso.

Años después, se cimentó el inmueble del Fondo Reservado, que comenzó a funcionar a finales de 1993. Ahí, se colocaron los libros impresos en el país entre 1554 y 1821, en la llamada Sala Mexicana que, desde hace poco tiempo, lleva también el nombre de Ernesto de la Torre Villar.

Además, se guardan los incunables o libros impresos en Europa entre 1469 y 1500; asimismo, la colección que José María Lafragua reunió a lo largo de su vida y que está totalmente microfilmada porque es la más consultada de este Fondo; contiene alrededor de 18 mil folletos y documentos del siglo XIX.

A ello, se han unido diferentes archivos, generalmente por donación, como los de Benito Juárez, Francisco I. Madero, Ángel María Garibay y el Doctor Atl, entre otros, junto con manuscritos del siglo XVI al XX.

También, crece poco a poco por compra, apuntó. El año pasado se adquirió el volumen Decreto constitucional para la libertad de la América Mexicana de 1914, y el impreso mexicano Nágera Yanguas, Diego. Doctrina y enseñança en lengua maçahva de cosas mvy vtiles, y prouechosas para los Ministros de Doctrina… de 1637.

De igual manera, el Fondo Reservado es responsable de la Sala Especial de Iconoteca, que cuenta con alrededor de 250 mil fotografías, carteles, estampas, tarjetas postales, daguerrotipos, grabados y todas aquellas imágenes que no necesitan proyectarse.

En tanto, el Fondo Contemporáneo se alimenta por el depósito legal, instituido desde 1846, mediante el que se obligaba a los impresores de la Ciudad de México y los “territorios” a enviar a la Biblioteca Nacional un ejemplar de todo lo publicado en sus talleres.

Actualmente, por decreto del 23 de julio de 1991, “los editores deben entregar dos ejemplares, uno para su conservación y otro para su consulta”. Además, se compran publicaciones extranjeras que refieren a México.

Créditos: UNAM-DGCS-199/2011/unam.mx