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Dos indígenas de Puebla que hallaron la amistad en el aula universitaria

 
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Luis Alberto y Andrés actualmente trabajan juntos en la tesis y entre sus planes se encuentra poner un negocio entre los dos.
Luis Alberto y Andrés actualmente trabajan juntos en la tesis y entre sus planes se encuentra poner un negocio entre los dos.

27 de julio de 2010

• Aunque nacieron en poblados cercanos, Andrés Bautista, totonaco, y Luis Alberto Lechuga, de origen náhuatl, se conocieron 18 años después, en la FES Aragón

Andrés Bautista y Luis Alberto Lechuga nacieron hace 22 años en la sierra de Puebla, en comunidades no muy lejanas una de la otra, aunque tuvieron que viajar más de 150 kilómetros para conocerse. Andrés es un indígena totonaco, Luis es náhuatl, y aunque pertenecen a etnias que en algún momento se declararon odio, tan sólo bastó que coincidieran en un salón de clase para que ambos terminaran siendo los mejores amigos.

“Venir a estudiar Ingeniería a la FES-Aragón no fue nada fácil, la Ciudad de México es muy grande y la gente aquí es muy diferente a lo que yo estaba acostumbrado. Vengo de un pueblo muy pequeño, Santiago Ecatlán, de menos de mil personas, donde la gente se ayuda y no es raro que deje abiertas las puertas de su casa día y noche, mientras que aquí es todo lo contrario. Me han asaltado cuatro veces en el microbús e incluso ya me acostumbré a mirar por encima de mi hombro para ver si alguien me sigue”.

Pero en realidad, aquello que acecha a Andrés en cada esquina no son los carteristas, sino la nostalgia por casa, que de vez en vez llega cuando menos lo espera.

“Por eso, una vez terminada la carrera y trabajar un rato aquí, planeo regresar y aplicar lo que he aprendido para ayudar a mi comunidad, que se dedica a la siembra de café, porque siento que me sería difícil vivir sin el verde de las montañas o el olor a vegetación”.

Calles y avenidas que son un laberinto, un afán casi contagioso por llegar rápido a no importa qué lugar y un tránsito cada vez más intransitable fue la bienvenida que el Distrito Federal le dio a Andrés, quien en algún momento llegó a sentirse como Claudio Magris cuando visitó por primera vez la Ciudad de México. “Es el único lugar donde he temido perderme para siempre”, dijo en aquella ocasión el escritor italiano.

“Afortunadamente apareció Luis, con quien me identifiqué desde el principio, no sólo porque conocemos los mismos paisajes, sino porque tenemos costumbres y gustos parecidos. Aunque aquí vivo con mi hermana, con él fue como hallar a alguien más de mi familia”.

Aprendiendo juntos

Para Luis, viajar a la Ciudad de México es la travesía más larga que ha realizado hasta ahora. De hecho, pocas veces había salido de su pueblo, al que ha visto crecer tanto que tuvo que ser rebautizado. “Cuando era niño se llamaba Villa Juárez, hoy es Xicotepec de Juárez”.

“¿Y si el pueblo se transformó, por qué yo no?”, se preguntó Luis un día y, sin conocer a nadie en el Distrito Federal, se aventuró a hacer examen de admisión en la UNAM.

“Para mí eso implicó muchos cambios, pues originalmente yo quería estudiar medicina y lo más probable es que lo hubiera hecho en la ciudad de Puebla o en Pachuca, como la mayoría de mis conocidos que decidieron hacer una carrera, pero en algún momento me dije, quiero hacer algo diferente”.

Sabiéndose bueno para las matemáticas y las ciencias exactas, “y habiendo pasado el examen de admisión con uno de los promedios más altos”, viajó a la capital para inscribirse en una disciplina muy diferente a la que había pensado en un principio: Ingeniería.

“En la ciudad puede haber más de 20 millones de personas, pero cuando llegué nunca me sentí tan solo”, recordó el joven, quien confesó que durante los primeros meses consideró seriamente desertar y regresarse en el primer camión con destino a Villa Juárez.

“Pero después encontré a Andrés y las cosas fueron diferentes. Al principio no sabíamos que veníamos de comunidades tan cercanas. Entré en contacto con él porque me di cuenta de que era una persona muy dedicada al estudio, pero pronto, platicando, nos dimos cuenta de que teníamos mucho en común y que crecimos prácticamente en la misma zona”.

La amistad que comenzó hace cuatro años se ha transformado en una relación fraterna, “y es que hemos pasado muchas cosas juntos para sobrevivir aquí en el DF, hemos trabajado como meseros, buscado becas y cuando hemos necesitado dinero y nuestras familias no han podido apoyarnos, he compartido lo poco que tengo con él, y también él lo ha hecho conmigo”.

Hoy, a punto de graduarse, ambos están escribiendo la tesis juntos y ya tienen planes de, más adelante, poner un negocio y aprovechar lo que aprendieron en la carrera.

“Resulta raro, porque cuando salí del pueblo esperaba volver con un título bajo el brazo” comentó Andrés, para inmediatamente agregar “nunca esperé regresar con un nuevo hermano”.
Créditos: UNAM. DGCS -446/unam.mx