Category Archives: Astronomía

Atocatl: una supercomputadora que mira al cosmos

 
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1 de julio 2011

Sin título-1• Coordina un gran número de procesadores que trabajan en conjunto para resolver un mismo problema

• El potente ordenador del Instituto de Astronomía de la UNAM simulará el universo para ayudar a los astrónomos a entender qué sucede en él

El Instituto de Astronomía (IA) de la UNAM inauguró Atocatl, uno de los equipos de cómputo de más alto rendimiento del país: un conjunto de más de 200 microprocesadores que trabajarán al unísono para desentrañar los misterios del Universo.

Los clusters computacionales son conjuntos de procesadores como los de nuestras computadoras personales, pero que trabajan de forma coordinada, con lo que multiplican la capacidad de cálculo computacional.

A finales de los años 60, un arquitecto en computación que laboraba para IBM, Gene Amdahl, sentó las bases para operar varias computadoras paralelamente y así resolver un mismo problema. Mientras que en el aspecto serial se procede mediante un pequeño paso tras otro para llegar al resultado, estos clusters dividen el problema y ponen a trabajar cada uno de sus procesadores en cada una de las tareas en las que se ha dividido, con lo que multiplican su efectividad.

Los programadores de este tipo de máquinas parecen haber aprendido bien la famosa máxima “divide y vencerás”, que hace más de dos mil años adoptara el emperador romano Julio César para extender su imperio y que hoy da nombre a un conjunto de algoritmos, D&V, usados en paralelización de procesos.

En las últimas cinco décadas, los arquitectos en este ámbito han diseñado frenéticamente ensambles cada vez más y más complejos.

Hoy, la más grande de éstas se encuentra en Laboratorio para Ciencia Computacional RIKEn, en Japón, K-Computer, que paraleliza desde junio más de 68 mil 500 procesadores y su potencia de cálculo equivale a ocho mil 200 billones de operaciones por segundo: como si todos los habitantes de un millón de planetas como el nuestro hicieran un cálculo matemático cada segundo.

En México, la UNAM ha liderado esta carrera con importantes frutos, tanto para el sector público como para el privado. El Instituto de Astronomía fue precursor, junto con otros investigadores de esta casa de estudios, en el diseño e instalación de los primeros clusters de computadoras.

La Universidad Nacional alberga en la actualidad diversos equipos de alto desempeño, el más grande de ellos Kan Balam, en la Dirección General de Cómputo y de Tecnologías de Información y Comunicación (DGTIC).

En funcionamiento desde 2007, cuenta con mil 368 procesadores, y al momento de su inauguración, figuraba entre las 30 más poderosas a nivel mundial en instituciones de educación superior.

Sin embargo, debido a la cantidad de trabajos que se realizan en el IA, era necesario contar con una supercomputadora propia y no depender del tiempo asignado a los equipos de la DGTIC. Por ello, con la entrada en funciones de Atocatl, se espera detonar diversos proyectos, establecer más colaboraciones y estrechar la comunicación con las sedes que tiene el IA en provincia, como la de Ensenada.

Atocatl: el pulpo de una cabeza con cientos de cerebros…

De esta manera, el Instituto de Astronomía albergará el más moderno de los clusters de computadoras de la UNAM: Atocatl. El nombre con el que se bautizó tiene origen náhuatl y significa pulpo.

Está inspirado en el híbrido diseño con el que se concibió y que permitió a esta gran cabeza de muchos cerebros desempeñar tareas de naturaleza muy distinta. El cluster paralelizará 216 procesadores CPU (Unidad Central de Procesamiento, en inglés), iguales a los que comandan las más sofisticadas computadoras personales.

Para comunicarse entre ellos, Atocatl cuenta con una conexión de fibra óptica de última tecnología que hace prácticamente instantánea la sincronización.

Otra de las capacidades es la de almacenaje y manejo eficaz de grandes bases de datos que, en su primera fase, será de 40 terabytes (en la que podríamos grabar unos 10 millones de canciones), y que se espera quintuplicará para antes de 2012.

Pero la característica más innovadora del cluster del IA es la utilización de procesadores de tipo GPU (Unidad de Procesamiento Gráfico en inglés) diseñados especialmente para procesar los gráficos de los videojuegos y que actualmente se consideran más potentes que los CPU.

Sólo recientemente se han empezado a introducir este tipo de procesadores para cálculos científicos y ésta es la primera de las computadoras híbridas que trabajará para el desarrollo de la ciencia en México.

Desde su fase de diseño, Atocatl ha sido concebido con la idea de hacerlo crecer: antes de que termine el año, contará con un total de ocho potentes GPU, 288 procesadores CPU y 200 terabytes para almacenamiento de datos, pero está diseñada para triplicar sus capacidades con la misma infraestructura.

También, el equipo responsable ha tenido en cuenta el cuidado del medio ambiente al diseñar una que trabaje con una potencia más limitada que sus predecesoras.

El equipo ha sido financiado a partes iguales por Conacyt y la Universidad Nacional Autónoma de México.

Los investigadores del Instituto de Astronomía, Magdalena González, Octavio Valenzuela y Bárbara Pichardo, también secretaria Académica del instituto, responsables de coordinar las operaciones del proyecto, reafirman la filosofía cooperativa del proyecto que aúna el esfuerzo de un nutrido número de instituciones, con la destacada participación de la Coordinación de la Investigación Científica y el Posgrado en Ciencias (Astronomía) de la UNAM.

De hecho, Atocatl será usado para capacitar estudiantes de posgrado en el uso y desarrollo de proyectos de supercómputo. Los investigadores involucrados en el proyecto, al igual que el potente ordenador que han creado, se coordinaron armónicamente para inaugurar el proyecto en el tiempo previsto.

Un proyecto que crece rápido

La investigadora Magdalena González Sánchez explicó que en septiembre de 2009 se solicitó al Conacyt, a través de la Convocatoria de Actualización de Equipo Institucional, un equipo de cómputo de alto desempeño con tres partes “o tentáculos, como nos gusta decirles”: un cluster para cálculo numérico, un sistema para procesamiento y manejo/almacenamiento de grandes bases datos y una parte experimental que utiliza procesadores GPU.

“Y desde ahí todo se dio con rapidez, en marzo de 2010 la solicitud del Conacyt fue aprobada; en mayo, el IA aprobó el proyecto y lo consideró institucional; en agosto llegó el dinero; en enero ya teníamos el equipo y desde entonces, hasta hoy que ya está listo, nos dedicamos a instalarlo y configurarlo”, explicó.

La supercomputadora se encuentra en el cuarto 227 del IA, recinto en el que se realizaron diversos trabajos, como aislarlo del ruido, colocarle un switch de Internet o instalar un sensor de temperatura. “Deliberadamente escogimos un espacio sobrado para las características actuales del aparato, porque queremos hacerlo crecer”.

Atocatl apenas entró en funciones y ya son varios los científicos interesados en participar en este proyecto y en utilizar esta herramienta.

Para definir cómo se hará esto se integró el CADAC (Comité Académico para el Desarrollo, Uso y Aprovechamiento del Supercómputo), conformado por seis expertos que durarán en el cargo dos años, y que se encargarán de administrar el equipo y repartir tiempos de empleo entre los usuarios.

“El objetivo es involucrar a cada vez más personas; dar cabida a la mayor cantidad posible de proyectos, pero de forma organizada, y hacer crecer cada uno de los tentáculos de este pulpo”, acotó Bárbara Pichardo.

… y con diversos brazos

La tarea fundamental, uno de los tentáculos de Atocatl, es la de recrear un universo al simular de acuerdo a las teorías más actuales de los astrónomos.

Los resultados se compararán con observaciones de telescopios para corroborar las teorías de, por ejemplo, cómo se formó el cosmos, cómo evoluciona, cómo es la colisión de dos galaxias o la vida y la muerte de una estrella.

Todas estas reconstrucciones requieren gran potencia y larguísimos periodos de cálculo. Atocatl hará corta la espera a los astrónomos, o mejor aún, permitirá hacer estudios con un nivel de precisión nunca antes alcanzado en México.

Pero no se diseñó como un robot de un solo brazo: entre sus tareas destaca la del almacenamiento y gestión de bases de datos astronómicos, tanto observacionales como teóricas.

El IA participa en diversos observatorios nacionales e internacionales que generan una inmensa cantidad de información que debe ser almacenada y analizada, y busca, al mismo tiempo, insertarse en la red mundial de Observatorios Virtuales, un conjunto de centros con colecciones de datos que facilitan este tipo de estudios.

Créditos: UNAM-DGCS-379-2011/unam.mx

Detectan ráfaga de rayos gamma producida por agujero negro al destrozar una estrella

 
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Fotos cortesía de la NASA.
Fotos cortesía de la NASA.

19 de junio de 2011

• El evento tuvo lugar el pasado 28 de marzo y fue registrado por el satélite Swift; los pormenores serán dados a conocer en la próxima edición de la revista Science
• El director del Instituto de Astronomía de la UNAM, William Lee, es parte del grupo de científicos que realizó el hallazgo

Hace menos de dos meses, el 28 de marzo, el satélite Swift de la NASA localizó una ráfaga de rayos gamma que proviene de la destrucción de una estrella que se acercó demasiado a un agujero negro masivo, en el centro de una galaxia distante, hallazgo que fue dado a conocer por un grupo internacional de astrónomos en la revista Science, este 16 de junio.

El satélite Swift lleva casi siete años de observar el cielo a la caza, entre otras cosas, de destellos de rayos gamma, la luz con mayor energía que existe, para intentar desentrañar el misterio de su origen.

Aunque aún quedan incógnitas, los expertos piensan que la mayoría de ellos se generan si estrellas de muy alta masa colapsan al término de su vida y forman un agujero negro.

A ello, sigue la emisión de una radiación en forma de estrecho chorro que dura sólo unos minutos, pero que debido a su gran intensidad puede ser detectada a pesar de ocurrir en galaxias muy distantes. Estos destellos pueden desprender en muy poco tiempo tanta cantidad de energía como la que nuestro Sol ha emitido desde que se formó, hace cinco mil millones de años.

SW 1644+57: una fulguración sin precedentes

Curiosamente, la ráfaga que detectó el satélite Swift (denominada SW 1644+57), aunque parecía de rutina, duró más de lo habitual. Localizada en el centro de una galaxia en la constelación Draco, a casi cuatro mil millones de años luz de la Tierra, SW 1644+57 brilló descomunalmente en los monitores del satélite por días, un récord para este tipo de fenómenos.

Tras la llamarada detectada, un grupo de astrónomos de instituciones de Estados Unidos, Europa y México -entre los que se encuentra William Lee, director del Instituto de Astronomía de la UNAM- decidieron seguirle la pista y la estudiaron con el telescopio espacial Hubble y el telescopio de rayos X Chandra, ambos puestos en órbita y operados por la NASA.

También buscaron información sobre cómo se veía la galaxia antes de explotar. Todo indica que ésta, como muchas otras, tiene en su centro un agujero negro muy masivo, en este caso con un nivel equivalente a un millón de soles, mediano en comparación con los más grandes, que pueden llegar a pesar hasta mil millones de astros.

La mayoría de las veces, están tranquilos y permanecen invisibles, pero si una estrella pasa cerca, puede ser destrozada por la violenta atracción del agujero negro y ser tragada por él.

Todos los estudios realizados por los astrónomos indican que éste parece haber sido el caso de SW 1644+57. Probablemente, una estrella del tamaño de nuestro Sol habría llegado a una zona peligrosamente cercana al agujero negro y éste la habría perturbado fuertemente, deshaciéndola; tragó buena parte de su material.

Con un proceso similar, pero a mayor escala al que tiene lugar en los destellos de rayos gamma típicos, parte del material tragado se reinyectaría a través de un estrecho y potente chorro. Las partículas en éste viajarían casi a la velocidad de la luz y producirían la intensa emisión de rayos gamma detectada por el satélite.

Es la primera vez que un evento de esta naturaleza es observado en rayos gamma, pero los astrónomos calculan que en cada galaxia con un agujero negro en su núcleo puede suceder una situación similar cada 100 mil años, aproximadamente.

En México, el desarrollo de proyectos de telescopios robóticos se lleva a cabo en el Observatorio Astronómico Nacional en San Pedro Mártir, Baja California. A futuro, serán utilizados para caracterizar y dar seguimiento a esta clase de eventos, y otros que ocurren de manera regular y de los que apenas hay teorías hoy en día.

El trabajo, que será publicado en la prestigiosa revista Science este 16 de junio a través de la sección Science Express, fue liderado por Joshua Bloom, astrónomo de la Universidad de California en Berkeley.

La investigación de William Lee es apoyada parcialmente por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Entre los autores del artículo se encuentran Dimitrios Giannios, Brian D. Metzger, S. Bradley Cenko, Daniel A. Perley, Nathaniel R. Butler, Nial R. Tanvir, Andrew J. Levan, Paul T. O Brien, Linda E. Strubbe, Fabio De Colle, Enrico Ramírez-Ruiz, Sergei Nayakshin, Eliot Quataert, Andrew R. King, Antonino Cucchiara, James Guillochon, Geoffrey C. Bower, Andrew S. Fruchter, Adam N. Morgan y Alexander J. van der Horst.
Créditos: UNAM-DGCS-356-2011/unam.mx

Estrellas de neutrones: pequeñas, densas y superfluidas

 
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Dany Pierre Page Rollinet, del Instituto de Astronomía de la UNAM.
Dany Pierre Page Rollinet, del Instituto de Astronomía de la UNAM.

2 de junio de 2011
• Con una masa hasta dos veces mayor que la del Sol, tienen apenas 20 kilómetros de diámetro, y una de ellas, cabría en una ciudad, afirmó Dany Page, del Instituto de Astronomía de la UNAM
• En su interior tienen un singular estado de la materia, superfluido, donde no hay viscosidad ni fricción
• De ellas, escapan los neutrinos, partículas elementales sin carga eléctrica, cuya masa es tan pequeña que no ha podido medirse

Las estrellas de neutrones son pequeñas, densas, muy energéticas y dentro de ellas, la materia tiene un singular estado: la superfluidez, donde no hay viscosidad ni fricción, afirmó Dany Page, investigador del Instituto de Astronomía (IA) de la UNAM.

Tienen una masa hasta dos veces mayor que la del Sol, pero son del tamaño de una urbe, como de 20 kilómetros de diámetro.

Page hizo un cálculo para explicar la densidad de estos objetos celestes. “Podríamos tomar todos los edificios de la Ciudad de México, Puebla, Toluca y Cuernavaca, y concentrarlos a esa densidad: cabrían en una cucharita sin llenarla. Estamos seguros que las estrellas de neutrones existen y alcanzan estos niveles. Pero ¿de qué está hecha la materia a esas densidades?”, cuestionó.

Fascinado por su singularidad, el universitario viró de la física de altas energías, a la astrofísica, en el momento en que, el 23 de febrero de 1987, se observó una supernova, la primera visible al ojo desde el tiempo de Kepler, y el nacimiento de una nueva estrella de neutrones.

“Fue un mensaje del cielo”, dijo, tras confirmar que actualmente se conocen alrededor de dos mil 500 de ellas, aunque los astrónomos estiman que en la Vía Láctea hay cientos de millones, es decir, que cerca del uno por ciento de las estrellas de nuestra galaxia son de neutrones.

“Unas dos mil se conocen porque emiten ondas de radio, y hay otras, entre 300 y 500, que no emiten en radio y se captan con rayos X porque son muy energéticas”, indicó.

Composición

Respecto a su conformación, algunas estrellas de neutrones están solas, otras tienen una compañera y acrecientan material de ella. Algunas son jóvenes y todavía emiten radiación por su alta temperatura, o emiten pulsos en ondas de radio, por lo que se llaman pulsares. Las que acrecientan materia de su estrella compañera se vuelven tremendamente calientes, y comúnmente el material acrecentado produce explosiones termonucleares, llamados estallidos de rayos X, explicó.

Estos astros nacen si muere una estrella masiva. “Una estrella normal está principalmente formada con hidrógeno y helio, y durante su vida transforma estos en elementos cada vez más pesados. Las que tienen una masa superior a unas 10 veces la del Sol, alcanzan a producir hierro en su núcleo, que crece cada vez más, y llega un momento en que la gravedad que produce este núcleo denso es tan fuerte, que la materia no aguanta la fuerza y se empieza a colapsar. Este colapso del núcleo de hierro produce una estrella de neutrones e induce una gigantesca explosión del resto de la estrella”.

Este último proceso se observa como supernovas, pero el desplome forma la característica concentración muy energética en pocos kilómetros, algo muy pequeño para su densidad y el tamaño habitual de esos cuerpos celestes. “Una vez formadas, son casi indestructibles”, afirmó Page.

La revelación de Cassiopeia A

En su tesis doctoral, Page se percató de la importancia de la superfluidez en la evolución de las estrellas de neutrones. “Son las únicas que presentan ese fenómeno, que también se puede reproducir en laboratorio, pero a muy bajas temperaturas, a unos pocos grados Kelvin, muy cerca del cero absoluto”, abundó.

Si se reproduce en un laboratorio, un superfluido capturado en un tubo cerrado corre ininterrumpidamente sin perder energía por fricción, pues no es viscoso.

En altas temperaturas, ese estado se produce en sistemas de enorme densidad y alta energía, como la estrella de neutrones Cassiopeia A, con la que Page y sus colaboradores del IA, por un lado, y un grupo de colegas rusos, por otro, comprobaron la superfluidez a inicios de este 2011.

La revelación de Cassiopeia A significó para el investigador pasar de la teoría a la práctica, pues la superfluidez se estudia teóricamente hace más de 50 años, pero ahora Dany Page, en la UNAM, y sus colaboradores, y el grupo de Peter S. Shternin, del Instituto Físico-Tecnológico Ioffe de San Petersburgo, Rusia, observaron el singular fenómeno en Cassiopeia A, una estrella de neutrones ubicada a 11 mil años luz de distancia, en la vecindad del Sistema Solar.

Cassiopeia A, que se observó con el telescopio de rayos X del satélite Chandra, se ubica en el centro del remanente de una supernova, es decir, una estrella en agonía que para morir explotó hace 330 años (muy poco tiempo en términos astronómicos), y es la estrella de neutrones más joven conocida.

Estudio de neutrinos

La superfluidez de las estrellas de neutrones acentúa la emisión de neutrinos, partículas elementales sin carga eléctrica, cuya masa es tan pequeña que no ha podido medirse. Los neutrinos se originan en condiciones muy especiales y, una vez producidos, no interactúan con la materia, por lo que el Universo es casi transparente para ellos.

Las reacciones nucleares que proporciona la energía del Sol (fusión del hidrógeno en helio) también produce neutrinos: millones de ellos nos atraviesan cada segundo sin que nos enteremos, y luego la Tierra, sin que ellos se den cuenta.

Los neutrinos son una fuga de energía en las estrellas, pues una vez producidos se escapan y se llevan energía.

En algunos casos, como en las estrellas de neutrones jóvenes, la pérdida de energía por neutrinos, desde el interior de la estrella, supera mucho la pérdida de energía debida a la emisión de fotones, desde la superficie de la estrella. “Para explicar el enfriamiento rápido observado en Cassiopeia A, necesitamos una pérdida que supere a la de los fotones por una factor 10 mil: sólo los neutrinos pueden hacer esto”, comentó Page.

Para formar un superfluido, los neutrones tienen que aparearse; forman “pares de Cooper”. Se puede comparar este proceso a un baile en una fiesta de adolescentes: las parejas se forman, se separan, y otras lo vuelven a hacer. Si un “par de Cooper” de neutrones se forma puede emitir un par de neutrinos y la repetición del proceso resulta en una enorme pérdida de energía, que explica el enfriamiento rápido observado en esta joven estrella de neutrones en Cassiopeia A.

Para mayor información, visitar las siguientes ligas: APS (American Physical Society), artículo “A Stellar Superfluid” http://physics.aps.org/viewpoint-for/10.1103/PhysRevLett.106.081101

RAS (Royal Astronomical Society), artículo “Superfluid and Superconductor discovered in a star’s core”
http://www.ras.org.uk/news-and-press/217-news2011/1925-superfluid-and-superconductor-discovered-in-a-stars-core

NASA, artículo “NASA’s Chandra Finds Superfluid in Neutron Star’s Core”
http://chandra.harvard.edu/photo/2011/casa/

Science@NASA en YouTube, artículo “ScienceCasts: Superfluids”

Créditos: UNAM-DGCS-325-2011/unam.mx

Participa la UNAM en el estudio del primer exoplaneta descubierto potencialmente habitable

 
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1 de junio de 2011

• Se trata de Gliese 581d, ubicado a 20 años luz de la Tierra
• Los modelos de Antígona Segura, del Instituto de Ciencias Nucleares, dados a conocer en The Astrophysical Journal recientemente, han determinado la atmósfera que se necesitaría para que sea habitable

La Universidad Nacional, a través de Antígona Segura, investigadora del Instituto de Ciencias Nucleares, participa en el estudio del primer exoplaneta potencialmente habitable encontrado hasta ahora: el Gliese 581d.

Junto con Lisa Kaltenegger, del Harvard Smithsonian Center for Astrophysics, y Subhanjoy Mohanty, del Imperial College London, hizo una serie de cálculos de este planeta “y nuestros modelos –dados a conocer en The Astrophysical Journal -recientemente–, confirman que en él podría existir una atmósfera que le permita ser habitable”.

La aportación de la universitaria consistió en determinar cuál sería la atmósfera mínima que se requiere para calentar la superficie de ese mundo más allá de los cero grados centígrados. Sus resultados arrojaron que una atmósfera de 7.6 bares (la terrestre es igual a una de esas unidades de presión), compuesta en 90 por ciento de dióxido de carbono (CO2) y 10 de nitrógeno, sería suficiente para elevar la temperatura por arriba del punto de congelación.

La colaboradora del Laboratorio Virtual de Planetas del Instituto de Astrobiología de la NASA y única investigadora en México dedicada a realizar modelos atmosféricos de exoplanetas, explicó que la importancia del hallazgo de otros planetas no es ir a visitarlos, sino encontrar huellas de vida. “Entonces sabríamos que es un fenómeno universal y no algo ‘extraño’ que solo ocurrió en la Tierra”.

Para llegar a Júpiter, una sonda viaja una década; salir del Sistema Solar, por supuesto, sería muchísimo más tardado y se requeriría de enormes cantidades de energía. De ese modo, el nuestro es el único planeta habitable que tenemos, y no buscamos otros para “irlos a ver”, aunque Marte podría convertirse en el primero en ser habitado dentro de 100 años, si se comienza a modificar desde ahora, señaló.

Antígona Segura explicó que un exoplaneta es un planeta que gira alrededor de otra estrella que no es nuestro Sol. “No tenemos una masa mínima para definirlo, y no debe ser tan grande como una estrella, porque entonces podría ‘prenderse’ y emitir energía por sí misma”.

Para localizarlos existen varios métodos. El más exitoso es el de velocidad radial, que consiste en detectar el bamboleo de la estrella. Es decir, si dos cuerpos giran, lo hacen alrededor de un centro común; y si uno es muy masivo parece que uno gira alrededor del otro.

Si dos niños se agarran las manos y dan vueltas, ambos giran alrededor de un centro en común, pero si un adulto toma a un niño y le comienza a dar vueltas, parece como si el adulto estuviera en el mismo lugar y el infante fuera el que girara. Ambos lo hacen, pero el giro del mayor es más pequeño y más difícil de percibir. Así pasa con las estrellas y los planetas, explicó. Este método sirve para encontrar “mundos” muy grandes o que están muy cerca de la estrella.

Otra vía es la de tránsito, que consiste en ver el eclipse que causa el planeta sobre su respectiva estrella. Y existen otros, menos utilizados, como el de lentes gravitacionales y astrometría.

Con los dos primeros, se obtiene la masa y el radio, respectivamente, y con esos datos se puede hacer una inferencia inicial de cuál sería la composición del planeta, porque tendríamos su densidad, es decir, cuánta masa cabe por unidad de volumen. Júpiter o Saturno tienen una de un gramo por centímetro cúbico; en planetas rocosos como Mercurio o la Tierra las densidades son de 3 a 5 y así se diferencian.

Hasta el 23 de mayo de 2011 se habían descubierto 551 planetas, la mayoría con telescopios en Tierra; además hay candidatos a planetas detectados por el telescopio espacial Kepler.

Este telescopio gira alrededor del Sol, es decir, sigue a la Tierra porque se pretende que siempre observe la misma zona de la galaxia, y mida la luz de varias estrellas al mismo tiempo, para detectar eclipses. Es un instrumento con capacidad para detectar desde planetas tan pequeños como el nuestro, hasta gigantes.

Segura recordó que en 2005 se encontró el primer planeta, llamado “b”, alrededor de la estrella Gliese 581, una enana roja de la tercera parte de la masa del Sol, que se ubica a una distancia de 20 años luz, cercana, si se compara con el diámetro de la Vía Láctea, que es de 100 mil años luz; o sea, “está a la vuelta de la esquina”.

Se continuaron las observaciones y en 2007 se encontraron Gliese 581c y d; se determinó que c estaba en la llamada “zona habitable” de la estrella, o sea, donde un planeta con atmósfera recibe suficiente energía de su sol para mantener agua líquida en su superficie, por arriba de los cero grados centígrados. Aunque, aclaró la experta, “ubicarse en esa área no significa que tiene atmósfera ni agua líquida, simplemente que si tuviera ambos componentes, sería habitable”.

Luego se precisó que c está muy cerca de la estrella, y no puede ser habitable por las altas temperaturas que privan en él; y que d estaba en el límite externo y que sí podría tener condiciones de habitabilidad. Con el hallazgo de un nuevo planeta alrededor de Gliese 581, el e, se recalcularon las órbitas de todo el sistema y se encontró que d sí está en la zona habitable.

“De Gliese 581d se conoce la masa (unas 7 veces más que la Tierra), y la distancia de su estrella; pero se desconoce si tiene atmósfera o agua”, aclaró Segura. Es decir, sólo se tiene la certeza de que es un planeta potencialmente habitable.

Para comprobarlo se requiere “medir” su atmósfera y establecer su composición, con la ayuda de la luz que la atraviesa y que detectan los telescopios.

No obstante, dada su distancia, aún no se cuenta con los instrumentos capaces de captarla. “La construcción de una herramienta valiosa, el James Webb Telescope, que sustituirá al Telescopio Espacial Hubble, está detenida. Otras misiones, el Terrestrial Planet Finder y Darwin, no estarán listas antes de 10 años. Entonces, habrá que esperar”, finalizó Antígona Segura.
Créditos: UNAM-DGCS-322-2011/unam.mx

Compila la UNAM legado astronómico del país

 
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Ejemplar del libro Legado Astronómico, presentado por investigadores de la UNAM.
Ejemplar del libro Legado Astronómico, presentado por investigadores de la UNAM.

29 de mayo de 2011

• El libro, editado por esta casa de estudios, integra los trabajos de 32 investigadores, informó William Lee, director del Instituto de Astronomía
• En la obra se abordan aspectos etnográficos de la arqueoastronomía en Mesoamérica

Miradas distintas provenientes de disciplinas como astronomía, historia, matemáticas, antropología y pintura se entretejen en el libro Legado Astronómico, donde 37 autores unen su interés por observar el cielo y compartir conocimientos que se han descifrado en el país, desde sus orígenes más lejanos.

Este ejercicio colectivo de multidisciplina, editado por la UNAM y coordinado por los investigadores del Instituto de Astronomía Margarita Rosado Solís, J. Daniel Flores Gutiérrez y José Franco López, reúne en 250 páginas, los 32 trabajos presentados en el Congreso El legado astronómico de nuestros ancestros, celebrado en 2009, en el marco de los festejos del Año Internacional de la Astronomía.

En sus búsquedas, los autores recorren múltiples atajos hasta mostrar una ruta, la del conocimiento en la materia, en la que México ha sido fértil en las culturas mesoamericanas, en la Colonia y en la era contemporánea, con personajes que han fundado escuela dentro y fuera de las aulas, a veces con la observación del cielo de manera empírica, y otras como precursores de esta disciplina científica.

El texto, dijo en la presentación William Lee Alardin, director del Instituto de Astronomía, es una recopilación organizada en tres grandes áreas, que inician con la Colonia, dedican un apartado a personajes centrales de esta ciencia mexicana, y profundizan en el legado prehispánico, que tuvo un interés fundamental en conocer cómo funciona el Universo y realizar calendarios.

En su oportunidad, Margarita Rosado destacó que México es muy rico en estudios del cielo y de los objetos cósmicos desde tiempos ancestrales.

Daniel Flores subrayó el esfuerzo colectivo de la obra, que une intereses de las ciencias exactas y sociales. “Este trabajo conjunto continuará con un nuevo congreso en febrero o marzo del 2012”, adelantó.

Por su parte, José Franco calificó la publicación como “un eco del 2009” y una oportunidad de reflexión. “Artes, ciencias sociales y antropología ligadas a la astronomía propician una reflexión acerca de la importancia de contar con una política de Estado para generar conocimiento e impulsar la ciencia”, señaló.

Comentarista, Patrick Johansson, del Instituto de Investigaciones Históricas, reveló que la lectura produce placer y gozo. “Esta disciplina nos hace pensar en el futuro y en los sabios que leen el cielo. Pero también lo leyeron en el pasado, y de ellos, se ofrecen muchos elementos, como el desarrollo de calendarios, forma de domesticar el tiempo”, consideró.

De la Colonia a la cámara Schmidt

La primera parte, recorre la historia desde la Colonia hasta la cámara Schmidt, el famoso telescopio instalado en 1942 en Tonantzintla, Puebla, que dio inicio a la astrofísica moderna en México.

También narra el desarrollo del Observatorio de San Pedro Mártir, en Baja California, donde hasta la fecha se realiza ciencia de primer nivel mundial; y presenta un análisis de la divulgación en el siglo XIX, a través de una revisión hemerográfica de revistas de esa época.

Respecto a lo académico, contiene una revisión de cómo ha sido la carrera en la Facultad de Ciencias de la UNAM, y otra, sobre la utilidad de esa disciplina para la Secretaría de Fomento, en el naciente México independiente, pues esa dependencia pública era la encargada de determinar el tiempo y la posición de ciudades y lugares de interés nacional.

Precursores

La segunda parte está dedicada a los precursores de la astronomía en México. Se dedican capítulos a Paris Pishmish, la primera profesionista que tuvo el título de astrónomo en el país; a Francisco Javier Escalante Plancarte, que realizó observaciones en Marte; y a Luis Enrique Erro, en una revisión “de carne y hueso” que revela su vida familiar y su personalidad, además de sus aportes.

En este grupo también se dedican capítulos a Joaquín Gallo Monterrubio, director del Observatorio Astronómico Nacional de Tacubaya (inaugurado en 1878 durante el Porfiriato); a Felipe Rivera, quien desde Zinapécuaro, Michoacán, observó en 1901 la estrella “Nova Persei”; y a José Antonio Alzate, quien fuera presbítero, investigador y padre de la divulgación científica novohispana. Además, se presenta un apartado sobre lo que significó ser astrónomo durante el Porfiriato.

Arqueoastronomía, ciencia y símbolo

La tercera parte, se dedica al desarrollo de culturas mesoamericanas como la maya, náhuatl y teotihuacana, entre otras.

Se presentan textos referentes a la cosmovisión mesoamericana de la Luna; la conjunción de montañas y astros; los signos de Mesoamérica; el saber teotihuacano y la planeación urbana de esa cultura ligada al cosmos.

También, se abordan aspectos etnográficos de la arqueoastronomía en Mesoamérica; la matemática de los mayas; la orientación calendárico-astronómica en La Venta; los tránsitos de Venus desde los mayas hasta la Unidad Astronómica; la duración del tiempo medida por los mayas; los estudios de esa disciplina en El Tajín; la astronomía en Tetzcotzingo y la influencia astronómica en la arquitectura de Calixtlahuaca.

Otros capítulos se refieren a los textos de Fray Andrés del Olmo y su revisión de los astros y dioses en el México prehispánico; a la traza urbana de Puebla, influida por un legado arqueoastronómico; a la influencia de la astronomía del siglo XVII en la pintura; y a la categoría de patrimonio astronómico frente al patrimonio cultural.
Créditos: UNAM-DGCS-318-2011/unam.mx